Algunos escritos de San Agustín sobre la Paciencia.



La paciencia de Dios

1. La virtud del alma que se llama paciencia es un don de Dios tan grande, que Él mismo, que nos la otorga, pone de relieve la suya, cuando aguarda a los malos hasta que se corrijan. Así, aunque Dios nada puede padecer, y el término paciencia se deriva de padecer (patientia, a patiendo), no solo creemos firmemente que Dios es paciente, sino que también lo confesamos para nuestra salvación. Pero ¿quién podrá explicar con palabras la calidad y grandeza de la paciencia de Dios, que nada padece pero tampoco permanece impasible, e incluso aseguramos que es pacientísimo? Así pues, su paciencia es inefable como lo es su celo, su ira y otras cosas parecidas. Porque si pensamos estas cosas a nuestro modo, en Él, ciertamente, no se dan así. En efecto, nosotros no sentimos ninguna de estas cosas sin molestias, pero no podemos ni sospechar que Dios, cuya naturaleza es impasible, sufra tribulación alguna. Así, tiene celos sin envidia, ira sin perturbación alguna, se compadece sin sufrir, se arrepiente sin corregir una maldad propia. Así es paciente sin pasión. Pero ahora voy a exponer, en cuanto el Señor me lo conceda y la brevedad del presente discurso lo consienta, la naturaleza de la paciencia humana de modo que podamos comprenderla y también procuremos tenerla.

 Paciencia del santo Job

El santo Job toleró a este demonio cuando fue atormentado con ambas tentaciones, pero en ambas salió victorioso con el vigor constante de la paciencia y con las armas de la piedad. Primero perdió cuanto tenía, pero con el cuerpo ileso, para que cayese el ánimo, antes de atormentarle en la carne, al quitarle las cosas que más suelen estimar los hombres, y dijese contra Dios algo, al perder aquellas cosas por las que se pensaba que Job servía a Dios. Fue afligido también con la pérdida instantánea de todos sus hijos, de modo que los que recibió uno a uno, los perdiera de una vez, como si su mayor número no se le hubiera otorgado para mostrar la plena felicidad, sino para acumular calamidad. Al padecer todas estas cosas, permaneció inconmovible en su Dios, apegado a su divina voluntad, pues a Dios no podía perderle sino por su propia voluntad. Perdió las cosas, pero retuvo al que se las quitó para encontrar en él lo que permanece para siempre. Pues tampoco se las había quitado el que tuvo voluntad de dañar, sino el que había dado la potestad de tentar.



Job fue más cauto que Adán

Entonces el enemigo se ensañó con el cuerpo, no en las cosas externas al hombre, sino que hirió, cuanto pudo, al hombre mismo. De la cabeza a los pies ardían los dolores, manaban los gusanos, corría la purulencia. Pero el espíritu permanecía íntegro en un cuerpo pútrido y toleró, con una piedad inviolable y una paciencia incorruptible, los horribles suplicios de la carne que se corrompía. La esposa estaba presente, pero no ayudaba nada al marido, sino que más bien le impulsaba a blasfemar contra Dios. No se la había llevado el diablo con los hijos como hubiera hecho un ingenuo en el arte de hacer daño, pues en Eva había aprendido cuán necesaria era la esposa al tentador. Sólo que ahora no encontró otro Adán a quien pudiera seducir por medio de la mujer. Más cauto fue Job en los dolores que Adán entre flores. Éste fue vencido en las delicias, aquél venció en las penas, éste consintió en la dulzuras, aquél resistió en la torturas. Estaban también presentes los amigos, pero no para consolarle en el mal, sino para hacerle sospechoso del mal. Pues no podían creer que el que tanto padecía pudiera ser inocente, y su lengua no callaba lo que su conciencia ignoraba. Así, entre los crueles tormentos del cuerpo, el alma se cubría de falsos oprobios. Pero Job toleró en su carne los propios dolores, y en su corazón los ajenos errores. A la esposa corrigió en su insensatez, y a los amigos enseñó la sapiencia, y en todo conservó la paciencia.




                                               Premio eterno de la paciencia

26. Clamemos, pues, con espíritu de caridad, hasta que lleguemos a la herencia en la que hemos de recalar eternamente. Seamos pacientes con un amor liberal, no con un temor servil. Clamemos mientras somos pobres hasta que por aquella herencia nos hagamos ricos. La mejor garantía que de esto recibimos es que Cristo se hizo pobre para enriquecernos. Al ser elevado Él a las riquezas eternas fue enviado el Espíritu Santo para que inspirase en nuestros corazones los deseos santos. Pues la paciencia de los pobres no perecerá nunca, la paciencia de estos pobres que creen pero aún no contemplan, que esperan sin poseer todavía, que suspiran con el deseo pero aún no reinan felices, que aún tienen hambre y sed pero no han sido saciados. Y no es que allí vaya a haber paciencia, pues no habrá nada que tolerar, pero se dijo que no perecerá, porque no será estéril. Puesto que su fruto será eterno, no perecerá nunca. Aquel que trabaja en vano, al ver que le engañó la esperanza con la que trabajaba, con razón dice: "He perdido tanto trabajo". En cambio, el que llega a alcanzar lo prometido a su trabajo se dice exultante: "No he perdido mi trabajo". Se dice que no ha perecido el trabajo, no porque sea eterno sino porque no fue realizado en vano. Así, no perecerá nunca la paciencia de los pobres de Cristo, que han de ser enriquecidos con su herencia, no porque allí se nos mande tolerar con paciencia, sino porque a causa de lo que aquí hemos sufrido con paciencia, allí gozaremos de la bienaventuranza eterna. No pondrá término a la felicidad eterna quien otorga la paciencia a la voluntad temporal, pues ambos regalos se otorgan al don de la caridad.


                                           Los Mártires: héroes de la paciencia.

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