Alegrías del Espíritu



Esas mil y mil alegrías vanas, estupidas y no raras veces gravemente pecaminosas, que
con desmedido, loco y suicida afán mendigan los hombres de cuantas criaturas les rodean, halagan y
solicitan con mezquinos placeres, son efectivamente el reverso de las otras alegrías sólidas, verdaderas y perfectas de que sólo disfrutan los justos y santos de Dios. Las primeras, que nunca tienen caudal suficiente para calmar los anhelos del corazón, llámanse con toda propiedad alegrías carnales o sensuales porque se perciben por medio de las potencias sensitivas, sin intervención de la divina gracia. Mas las segundas, sencilla y magistralmente descritas por nuestro glorioso Padre San Francisco de Asís a su fif¡delísimo compañero Fray León, se denominan alegrías racionales o espirituales parque trascienden la jurisdicción de los sentidos externos, y son patrimonio exclusivo del alma cristiana que ha enfocado hacia Dios toda su actividad.

Se requiere estar ya muertos a sí mismos y enteramente desprendidos de todas las cosas criadas para gozar a satisfacción estas clásicas alegrías del espíritu. Prueba manifiesta de que sólo las encuentran quienes buscan con toda sinceridad y grande afecto de amor lo que naturalmente conduce a complacer, a bendecir y a loar a Dios en todo lugar y tiempo. Hay, pues, que obrar el bien por encima de todas las conveniencias creadas y cada vez influenciados por la gracia de Jesucristo, fuente perenne de dicha, de paz y de felicidad.

Son tanto más puras estas alegrías del espíritu, cuanto son también más señalados los triunfos y más brillantes las victorias que por la gracia de Dios se obtienen sobre los vicios y concupiscencias desordenadas de la carne, su enemiga irreconciliable. Por esto las almas nobles, sencillas y generosas, cuando llegan a percatarse bien de esta verdad trascendental, no sólo se aperciben convenientemente para repeler con celo y entusiasmo las furiosas acometidas de la naturaleza viciada que les declaró la guerra, sino que también se adelantan a sus ataques, embisten con denuedo y sostienen de cada vez con tesón más firme y arriesgado sus nuevas luchas.

Este ha sido siempre el carácter de los héroes de nuestra santa fe, de cuyas proezas espirituales y epopeyas gloriosísimas vienen tapizadas las historias eclesiásticas y las crónicas de las Ordenes religiosas, en demostración de que en todo lugar y tiempo hubo qaienes hicieron frente al enemigo hasta vencer o morir en la brecha.

Cada uno de estos atletas, alentados y confortados por la sobrenatural alegría que inunda sus almas en los combates que sostienen por Dios sus espíritus, sin torcer a la derecha n¡a la izquierda de su deber, a todo trance siguen a Cristo bendito hasta el monte de la mirra y del incienso, porque saben muy bien que Cristo crucificado y muerto por nosotros, es modelo, dechado y ejemplar de todos los que miran la cruz con profundo cariño, la toman intrépidamente y la estrechan entre sus brazos, la besan con efusiones de dulzura y la cargan sobre sus hombros como signo de eterna salvación.

Los que aún no han experimentado nunca estas alegrías seráficas tan propias del espíritu que tiene puesta en Dios toda su confianza, suelen juzgarlas incompatibles con determinadas enfermedades del cuerpo, reveses de fortuna, trabajos forzados, azotes, cadenas, cárceles y otras mil asperezas por el estilo, como las suponen también en la misma oposición absoluta con las graves penas interiores que de cualquier parte nos provengan. Son, sin embargo, muchas las razones que nos convencen de su posibilidad en todos estos eventos desgraciados, calamitosos y repugnantes a nuestra naturaleza sensible. Vemos, además, que conviven unos factores con otros en las almas de buen temple que van su camino hacia Dios con pie firme, sin mixtificaciones n¡cansancio de la voluntad racional, aunque a veces les sea preciso haber de andar descalzos sobre puntas muy agudas o tengan que pasar entre afiladas lanzas, espadas y bayonetas cruelmente enemigas, antes de la consecución de sus caros anhelos. Pueden citarse aquí inconmensurables pruebas de autoridad que corroboran esta doctrina consoladora, y tomarse a granel de la Sagrada Escritura, de las obras de los Santos Padres, de los libros eclesiásticos y de la tradición católica, que son arsenales repletos de esta suerte de argumentos.

Nosotros sólo haremos uso ahora del que nos ofrece nuestro seráfico Padre San Francisco de Asís, quien, en la persona de su compañero y amigo Fray León, nos asegura a todos, bajo la autoridad de su palabra, que en sufrir con paciencia y cristiana resignación estas mismas contrariedades, tanto internas como externas, está la verdadera, la perfecta, la inmensa alegría del espíritu, que es la única a que debe de aspirar y por la cual debe afanarse todo buen cristiano. Requiere, por supuesto, nuestro Serafín en carne humana, que no atribuyamos nuestras penalidades a la mala voluntad de los otros n¡a sucesos fortuitos, sino que tas creamos justas y bien merecidas por nuestras faltas, evitando así las murrnuraciones y quejas en contra de la divina Providencia que prepara tales cruces a sus amigos, n¡ en contra de los hombres que nos enclavan en ellas.

El cuadro de «Las Florecitas» que esbozó nuestro amantísimo Padre, aparece tan recargado de negras sombras, tan aterrador y espeluznante, que la frágil naturaleza humana lo rechaza con indignación, protesta contra él, sube en rabia, se enfurece y maldice hasta que escapa de las mallas de la tribulación. No así la gracia, que sufre pacientemente, de buen grado y por amor de Dios, los mismos contratiempos, y con ellos se llena de gozo, de paz, de júbilo y de perfecta y muy santa alegría, porque rinde pleito homenaje de fidelidad a su dulce Amado. Mas se verifican en ellos estos fenómenos tan admirables, no precisamente porque padecen martirios tan atroces durante su vida de amor, sino porque son dignos de padecerlos a honra y gloria de Cristo bendito, a quien sólo anhelan servir y atestimoniar la heroicidad de su fe y de su firme e inquebrantable adhesión.

Compatibles son, pues, en un mismo individuo los trabajos y enfermedades de toda especie, los desconsuelos y aflicciones interiores y las ofensas e injurias, aunque graves y humillantes, con los dulces e inefables consuelos, gozos y alegrías del alma cristiana. Se padece en la parte inferior y se goza en la superior, que es la principal en el hombre; sufre el hombre carnal y goza el espiritual, sin que en esto haya contradicción ninguna. Antes bien, sucede con harta frecuencia que de la redundancia de la alegría del espíritu, se alegra y goza también la carne, todo lo suficiente para no acordarse más de lo mucho que tal vez padezca, aunque sea horrible. Por esto se encuentran sujetos atrozmente atribulados y vejados de muchas maneras, que prorrumpen en jubilosas exclamaciones de una alegría espiritual que los transporta y arrebata en Dios, que es gozo, paz y alegría por excelencia. La inundación de gozo sobrenatural que del Espíritu Santo reciben entonces, supera en ellos y neutraliza por completo la acción del dolor sensible y de todo sufrimiento del yo humano, sea cual fuere.

Esta es aquella inexplicable sensación de placer y dulce bienestar con que Dios se hace presente a las potencias y sentidos de las almas sólidamente cristianas, una vez que han sabido negarse a sí mismas y morir a todo lo criado, con la buena, alegre y pronta voluntad que expresa nuestro santo Padre en la preciosa y aromatizada flor de la perfecta alegría; la cual, rebasando no pocas veces los límites del espíritu, es como aceite derramado sobre las potencias y sentidos de todos aquellos que voluntariamente se abrazaron con la cruz de nuestro divino Salvador, y en ella quieren vivir y morir.

Fr. Francisco Lliteras, ofm
(Agosto de 1926)


Iban San Francisco y el hermano León camino de Santa María de los Ángeles desde Perugia, era invierno y estaban atormentados por el fuerte viento, cuando el hermano León le preguntó:

Padre, te ruego por parte de Dios, que me digas dónde está la perfecta alegría.

Y san Francisco le respondió así:

Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, completamente mojados por la lluvia y muertos de frío, llenos de barro y afligidos por el hambre, y toquemos a la puerta del convento, y el portero, irritado nos diga:

¿Quiénes son ustedes?

Y nosotros le digamos:

Somos dos de vuestros hermanos, y él nos diga:

No es cierto: son dos vagabundos que buscan engañar al mundo y roban las limosnas de los pobres; fuera de aquí.

Y no nos abra y nos deje a la intemperie bajo la nieve y la lluvia, con frío y hambre hasta la noche: entonces, si soportamos tal injuria y crueldad, tantos malos tratos, pacientemente, sin perturbarnos y sin hablar mal de él (…) escribe que en ello no está la perfecta alegría.

Y si aún, confusos por el hambre y el frío y la noche tocamos una vez más y pedimos por el amor de Dios, con lágrimas en los ojos, que nos abra la puerta y nos deje entrar, y él más escandalizado dijera:

Vagabundos inoportunos, les pagaré como merecen.

Y saliera de ahí con un palo y nos agarrara la capucha y nos tirara al piso y nos arrastrara por la nieve y nos golpeara con el palo:

Si nosotros soportamos todas esas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, los cuales debemos soportar por su amor:

¡Oh hermano León!, escribe que ahí y en eso está la perfecta alegría, y escucha la conclusión hermano León.

Por encima de todas las gracias y todos los dones del Espíritu Santo, los cuales Cristo concede a los amigos, está el vencerse a sí mismo y, voluntariamente, por amor, soportar trabajos, injurias, oprobios y desprecios.

Texto basado en de las “Florecillas de San Francisco”

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