La seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón (Os 2,16).


Entrar al "desierto".









¿Qué es entrar en el desierto?

Si Dios quiere que te encuentres con él en lo más profundo de tu alma y te llama a salir durante un tiempo del mundo (física o espiritualmente) para vivir a solas con él, sin compartirle con nada ni con nadie, te está llamando al desierto para hablarte al corazón y seducirte. Aquí encontrarás pistas para responder a esta gracia especial y entrar en el desierto. Es una experiencia de soledad voluntaria, vivida fuera o dentro del mundo, que permite que se purifique tu corazón, te hagas verdaderamente pobre y puedas entrar en la verdadera adoración que te libera de ataduras y te abre al amor de Dios y al abandono en sus manos.

Hay que atravesar el desierto y permanecer en él para acoger la gracia de Dios. Es aquí donde uno se vacía de sí mismo, donde uno echa de sí lo que no es de Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el lugar para Dios solo.

Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en el desierto antes de recibir su misión San Juan Bautista fue hombre del desierto, Nuestro Señor Jesucristo fue llevado al desierto para vencer al Maligno, san Pablo, san Juan Crisóstomo también se prepararon en el desierto.

Es un tiempo de gracia, un período por el cual tiene que pasar todo el mundo que quiera dar fruto. Hace falta este silencio, este recogimiento, este olvido de todo lo creado, en medio del cual Dios establece su reino y forma en el alma el espíritu interior: la vida íntima con Dios, la conversión del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Más tarde el alma dará frutos exactamente en la medida en que el hombre interior se haya ido formando en ella.

Sólo se puede dar lo que uno tiene y es en la soledad, en esta vida solo con Dios solo, en el recogimiento profundo del alma donde olvida todo para vivir únicamente en unión con Dios, que Dios se da todo entero a aquel que se da también sin reserva.

¡Date enteramente a Dios solo y Él se dará todo entero a ti! 

Entrar en el desierto es una gracia

Tener la oportunidad de entrar en el desierto es una gracia muy especial que Dios te concede. No es algo que tú decidas, si lo puedes hacer es porque Dios lo ha decidido antes y te ha llamado; de lo contrario no podrías hacer nada. Como a Jesús, es el Espíritu quien te empuja al desierto (cf. Mc 1,12). Por eso, lo primero que tienes que considerar cuando te diriges al desierto es el amor de predilección con el que Dios te ha bendecido. Dios te llama a vivir a solas con él, sin compartirle con nada ni con nadie, eso es desierto.

¿Qué te hace falta para entrar en el desierto?

La entrada en el desierto es un momento importante. Es preciso que lo hagas con fe y con conciencia de haber sido llamado por Dios y, por tanto, de estar respaldado con su gracia.

Tienes que dar el primer paso en fe, sin saber lo que el desierto te depara, apoyado solamente en la gracia de Dios. Todo lo demás sólo constituye un soporte para esa gracia: lecturas, ascesis, métodos de oración, etc.

Ten confianza.  Dios, que te llama al desierto, te acompañará y te guiará con su providencia: «Condujo a su pueblo por el desierto, porque es eterna su misericordia» (Sal 135,16). Y si es cierto que el desierto supone desgarro y dolor, el que llama a entrar en él dará la medicina necesaria, «porque él hiere y pone la venda, golpea y él mismo sana» (Job 5,18).

La entrada en el desierto ha de hacerse con humildad y con paz. Toma la actitud que Dios le pide a Moisés: «Descálzate, porque el lugar que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5).

La humildad en este momento ha de tener forma de total disponibilidad: preséntate al Señor en desnudez y pobreza. Cuanto más ligero sea tu equipaje más libertad le darás a Dios para llenarte con su presencia, su amor y su gracia. Libérate de preocupaciones, afectos, urgencias, problemas, prisas, necesidades… Haz verdad el llamamiento del Señor: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

Tienes que hacer un acto de libertad. Has de estar dispuesto a perderlo todo, incluso a ti mismo. Ninguna posesión es más peligrosa para el ser humano que uno mismo. El amor propio es la gran barrera que nos separa de Dios. Si buscas, de la forma que sea, ser alguien, o tener algo serás impermeable a la gracia y fracasarás. En este sentido hay que vigilar con cuidado las maneras solapadas que tenemos de buscar y apegarnos las realidades; sobre todo a las realidades que parecen inofensivas o buenas: obras apostólicas, proyectos personales, afectos, ideales… No hemos de olvidar que todo lo que no es Dios es pasajero y no podemos poner el corazón en nada que no sea eterno. Sólo merece la pena vivir (y morir) por algo que permanezca; sólo lo eterno puede llenar nuestra vida presente y futura. Hacer realidad esto constituye la esencia del desierto.

Entrar en el desierto viviendo en el mundo

Si la experiencia de desierto la vas a realizar en medio del mundo tienes que cuidar este momento porque es la primera piedra de una obra de Dios singular. Hay que abandonar el mundo habitual, conocido y seguro, por el mundo desconocido e incierto de la soledad. Hay que romper con ese mundo, abandonando relaciones, tareas, preocupaciones, noticias, televisión, diversiones, etc.; y aceptando los desgarros y las incomprensiones que ello comporte.

¡Atención! Porque se trata de una tarea importante y delicada porque muchas de las realidades de tu vida no las podrás abandonar materialmente; por eso tienes que realizar un afinado discernimiento y una decidida decisión para abandonar materialmente todo lo que se pueda y «abandonar» interiormente todo aquello que no se pueda dejar materialmente; pero en cualquier caso es esencial tomar distancia de todas las realidades y relativizar todo lo que no es Dios, para poder abrirse incondicionalmente al soplo del Espíritu Santo.

Ten en cuenta que el verdadero desierto no está fundamentalmente en un lugar, sino en el corazón. La ruptura necesaria con el mundo para crear el desierto has de hacerla con valentía y generosidad, sin cálculos, dilaciones y componendas. Sólo así podrás disponerte a que Dios actúe libremente en ti arrancando todo lo que estorba para poder plantar de nuevo la siembra de una nueva vida. En este sentido no conviene calcular humanamente las dificultades, porque son superiores a nuestras fuerzas, sino disponerse a vivir en fidelidad el momento presente, haciendo de él la más expresiva manifestación de amor y de entrega incondicional a Dios.

El desierto es un campo de batalla

Para entrar en el desierto no basta con sentir una fuerte atracción por el silencio. En nuestro agitado mundo, un tiempo de soledad de vez en cuando se agradece y se valora, siempre que no nos comprometa excesivamente y podamos volver al bullicio. Pero el desierto es otra cosa. No es el refugio del débil, sino el campo de batalla del fuerte. Por eso no se puede ir al desierto a hacer turismo, sino a comprometer la vida. Es necesario hacer de él nuestro hogar permanente y estable, dispuestos a no abandonarlo. Para ello hay que quemar las naves y cerrarnos la salida. Dios no puede ser objeto de un entretenimiento pasajero en el que podamos entrar y salir según nos apetezca.

Tienes que contar con la repugnancia natural ante el despojo y la soledad. La renuncia y la austeridad hará que tus pasiones se rebelen y reclamen lo que creen que es suyo. Esto supone entrar en la experiencia que narra el profeta Jeremías: «¿Dónde está el Señor, que nos subió desde Egipto, nos llevó por el desierto, la estepa y la paramera, por tierra seca y sombría, una tierra intransitada en donde nadie se asienta?» (Jr 2,6).

Acepta la dura ascesis del silencio interior y trata de ser fiel al propósito de morar siempre en Dios, con el objetivo claro de disponerte activamente a la escucha humilde del Señor.

Ponte en camino. El desierto no es quietud ni estancamiento, sino peregrinación y combate. No es la tierra prometida, sino el duro caminar hasta alcanzarla. Por eso no te puedes instalar, ni buscar ningún tipo de seguridad o confort. Debes aceptar ser «un forastero en tierra extraña» (1Pe 2,11; Ex 2,22; Sal 119,19).

Sólo quien renuncia de verdad a lo que nos ofrece el mundo y se abraza a la sencillez evangélica, podrá ofrecer humildemente al Señor su pobreza para poder recibir su gracia y convertirse en eficaz instrumento de Dios.

Una vez entres en el desierto, dedícate exclusivamente a escuchar a Dios que te habla al corazón por su Espíritu; rechazando de plano imaginaciones, recuerdos del pasado, inquietudes del futuro, curiosidades o pensamientos dispersos.

No te apoyes en tus planes o proyectos, para mantenerte libre de todo lo que pueda impedir que Dios se sirva de ti según su voluntad. Él conoce bien el plan que tiene sobre ti y te dará la gracia que necesites para llevarlo a cabo.



(De pluma ajena)

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