LA DIVINA PROVIDENCIA
BREVES CONSIDERACIONES
SOBRE LA PROVIDENCIA DIVINA
¿Qué es la Providencia?
Propiamente hablando es el gobierno
que Dios ejerce sobre todo el universo. En su acepción más amplia, es el
cuidado que Dios tiene de todas sus creaturas. La palabra Providencia viene a
significar prever y proveer: es una operación divina mediante la cual prevé el
fin de todo lo creado y provee de los medios necesarios para alcanzarlo. Dios
dirige así todas las cosas a la realización de sus eternos designios, parte por
misericordia, parte por justicia.
Aunque Dios puede gobernar el
universo de la manera que quiera, sin embargo, obra detrás del velo de las
causas segundas, es decir, de las Leyes por Él establecidas. Las físicas e
inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, por ejemplo, los milagros.
Por las Leyes morales, Dios dirige a los seres racionales imponiéndoles la
obligación o el deber de cumplirlas, como son, por ejemplo, los Mandamientos y
las Leyes de la Iglesia que el Verbo Encarnado ha fundado para la salvación
eterna de los hombres, aunque no fuerza a ello, porque respeta la voluntad
libre del hombre, que Él mismo le ha concedido. Todas las causas segundas
operan unas sobre otras para llegar al fin que Dios ha querido al hacer la
Creación, como decíamos, parte por misericordia, parte por justicia porque Dios
es Creador y Remunerador. Dios siempre premia el bien y siempre castiga el mal.
Al respecto está bueno recordar una
parábola que el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, nos enseñó y que nos ha sido
transmitida por San Lucas en su Evangelio:
“Había un hombre rico, que se vestía
de púrpura y de fino lino, y banqueteaba cada día espléndidamente. Y un
mendigo, llamado Lázaro, se estaba tendido a su puerta, cubierto de úlceras, y
deseando saciarse con lo que caía de la mesa del rico, en tanto que hasta los
perros se llegaban y le lamían las llagas. Y sucedió que el pobre murió, y fue
llevado por los ángeles al seno de Abraham. También el rico murió, y fue
sepultado. Y en el abismo, levantó los ojos, mientras estaba en los tormentos,
y vio de lejos a Abraham con Lázaro en su seno. Y exclamó: ‘Padre Abraham,
apiádate de mí, y envía a Lázaro para que, mojando en el agua la punta de su
dedo, refresque mi lengua, porque soy atormentado por estas llamas.’ Abraham le
respondió: ‘Acuérdate, hijo, que tú recibiste tus bienes durante tu vida, y así
también Lázaro, sus males. Ahora él es consolado aquí, y tú sufres…” (cap.XVI,
ver toda la parábola del vers. 19 al 31).
Por tanto, hay pecadores que viven en
prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o premiarlos aquí
en la tierra el poco bien que han hecho, si deben ser después condenados
eternamente. A veces Dios castiga aún aquí, y de una manera ejemplar, a los
escandalosos y a los perseguidores de la Iglesia. Como consecuencia de lo que
decimos, vemos como se ciñe sobre la Roma apóstata e idólatra el castigo de su destrucción,
vista por San Juan en el Apocalipsis.
Las pruebas y los sufrimientos de
esta vida están destinados a:
*Despegar a los justos de todos los
falsos bienes de la tierra.
*Hacerles adquirir más méritos y, por
consiguiente, mayor felicidad eterna.
*Hacerlos más semejantes a
Jesucristo, modelo de los escogidos.
*Hacerles expiar sus pecados en este
mundo donde las deudas con la justicia divina se pagan de una manera mucho
menos severa que en el purgatorio.
Corolario:
Cada cual debe obrar y
trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo; y cuando haya hecho
todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su obra, sino esperarlo todo de Dios.




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