PERPETUIDAD Y PROMESA
Relación entre la perpetuidad de la Iglesia y las promesas de Cristo.
En 1892 – 22 años después de los dogmas del
Concilio Vaticano respecto de los sucesores perpetuos – el Padre
Jesuita Edmund James O’Reilly publicó un libro titulado Las
relaciones de la Iglesia con la sociedad (1). En este trabajo,
se abordó la cuestión de un interregno prolongado y cómo se relacionaría con la
perpetuidad de la Iglesia y las promesas de Cristo:
“El gran cisma de Occidente [1378-1417] me sugiere una
reflexión que me tomo la libertad de expresar aquí. Si no se hubiera
producido esta escisión, una hipótesis de que tal cosa pudiera suceder
parecería a muchos quimérica. Dirían que no podría ser; Dios no
permitiría que la Iglesia entrase en una situación tan infeliz. Podrían surgir
herejías y extenderse y durar dolorosamente por largo tiempo, por culpa y para
perdición de sus autores y encubridores, con gran angustia también de los
fieles, aumento de persecuciones en muchos lugares donde los herejes eran
dominantes.
Pero que la verdadera Iglesia tuviera que
permanecer entre treinta y cuarenta años sin cabeza bien comprobada, y sin
representante cierto de Cristo en la tierra, esto no podría suceder. Sin
embargo, ha sucedido; y no tenemos ninguna garantía de que no volverá a
suceder, aunque fervientemente deseamos que no suceda.
Del hecho yo
deduzco que no hay que ser demasiado listo para pronunciarse sobre
lo que Dios puede permitir. Sabemos con certeza absoluta de que
cumplirá sus promesas; No permitirá que nada se produzca en desacuerdo con
ellas; sabemos que Él sustentará su Iglesia y la habilitará para triunfar
sobre todos los enemigos y las dificultades; que va a dar a cada uno de
los fieles aquellas gracias que son necesarios para el logro de la salvación,
como lo hizo durante el gran cisma que hemos estado considerando, y en todos
los sufrimientos y las pruebas que la Iglesia ha pasado desde el
principio. También podemos confiar en que hará mucho más de lo que se ha
obligado por sus promesas. Podemos mirar hacia adelante con una
probabilidad que nos hará vencer algunos de los problemas y vicisitudes que ha
sufrido en el pasado. Pero nosotros, o nuestros sucesores en las
futuras generaciones de cristianos, tal vez veremos males más extraños que
jamás han existido, incluso antes de que suceda la gran liquidación de
todas las cosas en la tierra que precederán el día del juicio. No soy un
profeta, ni pretendo ver desgracias de las cuales no tengo conocimiento
alguno. Todo lo que quiero transmitir es que hay contingencias
relativas a la Iglesia, que no están excluidas de las promesas divinas, y no
pueden considerarse como prácticamente imposibles, simplemente porque serían
terribles y muy angustiantes.”
(1) Londres: John Hodges, 1892, pp. 287-288; lo
subrayado no es del autor).



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