Un mismo sentir y una misma Fe
Un mismo sentir y una misma Fe.
Al momento
presente notamos dos cosas como causantes de grandes males en los que tienen el
deber de enseñar a las almas:
“El uno,
haber casi desaparecido la uniformidad en el modo de enseñar, produciéndose
cierto escándalo en las almas sencillas, que creían no estar ya en “la tierra
de un solo lenguaje y de unos mismos pensamientos”, y el otro, haber nacido
contiendas de los diversos y varios métodos de enseñar la verdad católica; y de
la emulación al andar diciendo –como en tiempos de los Apóstoles- que unos
seguían a un Obispo, y otros a otros, con lo cual han nacido divisiones y
grandes discordias…” (Papa Clemente XIII). Por tanto, la negación de la
realidad solo conduce a esconder la cabeza y a inventarse un mundo de ideas y
fábulas para justificar una determinada manera de ser y de actuar en
consecuencia, forzando a la voluntad a querer como bien la ficción que le
presenta el entendimiento como verdadero.
Así, hemos
escuchado decir que “debemos regenerar la
Iglesia Católica”, lo que provoca un desconcierto en los fieles que creen con
Fe verdadera, que la Esposa de Cristo es siempre igual a Sí misma, “sin mácula
ni arruga”, y que, aunque zarandeada por las olas de la Apostasía generada por
la Gran Ramera idólatra, siempre se mantiene siendo “arca de salvación”, y sin
la cual nadie se salva ni llega al Cielo. Por tanto, no necesita ser “regenerada”
como sueñan en sus delirios de reconstructores estos desinformados, pues la Iglesia Católica ocupa en los planes eternos de Dios y en las obras que
ha realizado fuera del seno Trinitario, el puesto mismo de Jesucristo, de modo
que, Jesucristo y la Iglesia son una misma obra de Dios, y de ningún modo
pudiera ser defectuosa como para ser objeto de “regeneración”. La tarea es la de dar a la Iglesia una Cabeza Visible para
que pueda ser reconstruida la Jerarquía católica, pero de ningún modo “restaurar
la Santa Misa” –como decía otro de estos - ni de “regenerarla”,
entendiendo con esto vaya a saber qué: o bien “generarla” de nuevo, cosa
absolutamente imposible, o creer que se ha “degenerado” en su Fe o en su Moral
y ya no es la misma.
Lo que
notamos en estos es una clara falta de distinción real entre la Esposa y la Ramera,
tal vez creyendo que la Ramera pudiera ser una continuación defectuosa de la
verdadera Iglesia, haciéndose con esto, cómplices del lefebvrismo herético y
cismático. Mientras que debieran acomodar sus mentes a la Doctrina nunca deficiente
de la Verdad para que todos pensasen y confesasen la misma confesión de Fe
cristiana y católica y no hubiese cisma alguno entre los que han sido llamados
a la unidad de la Fe, sino que todos fueran perfectos en un mismo sentimiento y
en una misma creencia.
Por eso
alzamos la voz para que, así como dice San Pablo en Ef. IV,5, es uno el Señor y
una la Fe, por tanto, debe ser una la regla común y la norma de enseñar la Fe y
de instruir al pueblo fiel en todos los deberes de la religión (cfr. Cat. De Trento)
Trasladando
esto al mundo “tradicionalista” encontramos una fauna grotesca que para tapar
la conciencia ante el deber que impone la situación general de Apostasía
institucionalizada como canal religioso perverso e idólatra, aluden mil
excusas, falsas en mayor o menor medida según sean presentadas con visos
rebuscados de una “doctrina” personal y a veces opuesta a la de los otros, para
no tomar el “toro por las astas” y acabar de una vez con más de medio siglo de
“agachadas”: expresión que significa encogerse de hombros para esquivar la
responsabilidad que representa cumplir con el deber.
Así
encontramos Obispos y Sacerdotes que cuando se les pregunta cómo es posible que
no encuentren los medios para solucionar la actual falta de Cabeza en la
Iglesia siempre responden diciendo que: o que están trabajando en ello, o que
el Papa no es necesario, o que Enoc y Elías van a elegir al Papa, o que Dios va
a hacer el milagro, o que será la Parusía de Nuestro Señor que ponga fin a esta
catástrofe, o que no hay que preocuparse porque la Iglesia salió vencedora en
todas las crisis, etc., etc. Y así
acallan sus conciencias…y continúan en una indolencia que causa espanto, pero se
creen los “reconstructores” de la misma Iglesia.
Pero, ¿qué
dice Jesucristo a sus Apóstoles? “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no
sabe lo que hace su señor, pero vosotros sois mis amigos, porque todo lo que oí
de mi Padre, os lo he dado a conocer”; razón por la cual a los fariseos les
decía: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por eso no la
escucháis vosotros, porque no sois de Dios”. “Vosotros no conocéis ni a Mí ni a
mi Padre” (ver todo el cap. VIII de San Juan), “pues sabía Yo que eres duro,
que tu cerviz es de nervios de hierro y tu frente de bronce”, les había
anunciado por medio de Isaías (XLVIII, 4), y por esa causa no concedía milagros
a los fariseos que se los pedían, porque los pedían para tentarlo. Y ahora es
lo mismo, andan diciendo los que no quieren someter sus cabezas a la Doctrina
entera de la Iglesia, que esperan un milagro para creer que Dios los confirmará
en su falsa esperanza, como si no les bastara el Magisterio y las Leyes de la
Iglesia, y vuelven a tentar a Jesucristo con la ceguera de sus mentes y la
dureza de sus corazones. Y en lugar de favorecer la realización de un Cónclave
verdaderamente católico como está dispuesto, lo van impidiendo con sus teorías
extraviadas. Ahora el combate tiene otro frente, porque la Apostasía se está
tragando –como Saturno a sus hijos- a algunos de los que debieran resistirla.
Jesucristo todavía insiste y les dice a estos.
“Bienaventurados los que crean sin ver”, declarándoles que no han llegado al
conocimiento que los rectos de corazón tienen, y que cuando se quiere sujetar
la Doctrina a los propios modos de pensar, se llega a las ridiculeces, a poner
excusas a la invitación del Señor, aunque vaya en contra de lo que a Dios
agrada, o de las prescripciones y leyes de la Iglesia, y no prestar un asentimiento
total a la Fe. Así, nada hay peor que entregar las cosas espirituales a hombres
que aún provocan “emulaciones y disensiones, como hombres carnales” (I Cor.
II,3).
Señores
Obispos y Sacerdotes a ustedes los exhortamos y les pedimos, a despreciar sus
propios criterios, que no son los de la Iglesia, en esta situación tan extrema
de condenación eterna en la que voluntariamente se han puesto si es que no
sacuden de sus mentes y de sus corazones la complacencia en las equivocadas
decisiones que han tomado de abstenerse de pensar y de actuar como verdaderos
Obispos Católicos para dar a la Iglesia al Papa.



Comentarios
Publicar un comentario