Algo sobre la naturaleza de la Gracia Santificante.
Gracia es una donación de algo gratuito sin que se deba por estricto deber de
justicia. Este “don” es una cualidad sobrenatural (no exigida por la
naturaleza) inherente a nuestra alma, es decir “inhiere”, por tanto, esta
cualidad no es una substancia sino un accidente, o sea algo añadido a la naturaleza
humana, está por encima de ella, por lo mismo no es forma substancial del alma
sino una forma accidental o sobreañadida por quien tiene poder de hacerlo y sin
contar con las fuerzas humanas. Y esta comunicación accidental en la naturaleza
humana de lo que en Dios es substancial es lo que se llama Gracia, la cual nos
otorga una participación física y formal –aunque análoga y accidental- de la
naturaleza misma de Dios.
Siendo “sobrenatural” trasciende y sobrepasa la naturaleza y le permite entrar
en el ámbito de la bondad divina, a tal punto que la más mínima participación
de la gracia santificante, considerada en un solo ser, trasciende absolutamente
el bien natural de todo el universo, según la expresión de Santo Tomás de Aquino.
Este misterio, sólo atribuible al amor divino, es lo que expresa San Pedro: “para
hacernos partícipes de la divina naturaleza”. Dios crea seres capaces de
conocerlo y amarlo libremente con los cuales pueda tener una relación personal
y pueda comunicarles una inefable felicidad que colme todos los anhelos y
esperanzas, por eso no los crea en estado de pura naturaleza, sino que en el mismo
instante los sobreeleva a participar gratuitamente de su misma naturaleza por
medio de esta cualidad que se llama gracia. Dios crea la bondad en el sujeto
receptor de ella por el mero hecho de amarlo. De este modo el hombre queda “deificado”
por Dios comunicándole su misma naturaleza por cierta participación de
semejanza. Dios es siempre causa de lo que ama, y esta razón sobrenatural por
la que Dios ama al hombre es lo que produce que el hombre le sea grato, y esto
se llama gracia.
Esta “deificación” es análoga y accidental. Dios es el ser por esencia y las
creaturas por participación. La naturaleza es de suyo incapaz de esta
trascendencia, es Dios quien eleva de modo análogo, de manera que lo que en
Dios existe de modo infinito es participado por el alma en un grado limitado y
finito, pero como esta semejanza con la naturaleza divina constituye al hombre
como imagen natural de Dios: queda hecho hijo de Dios por adopción pudiendo
tener relación personal con Dios Uno y Trino.
Esta es la grandeza indescriptible de lo que hace la gracia divina.
Busquemos una parábola que ejemplifique a modo de semejanza lo que hemos dicho:
Del santo Evangelio según san Juan 15, 1-8
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
San Agustín comenta:
No están de igual manera ellos en El, que El en ellos,
porque lo uno y lo otro es para provecho de ellos, no de El siendo así que los
sarmientos están en la vid de tal suerte que en nada lo ayudan, sino que de
ella reciben la vida. O sea, que la vid está en los sarmientos para
comunicarles vida, no para recibirla de ellos. De esta forma, teniendo en sí a
Cristo y permaneciendo ellos en Cristo, aprovechan en ambas cosas ellos, no
Cristo. Por esto añade: "Así como el sarmiento no produce fruto por sí, si
no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no estáis en mí". ¡Gran
prueba en favor de la gracia! Alienta los corazones humildes, abate los
soberbios. Por ventura, ¿no resisten a la verdad los que juzgan innecesaria la
ayuda divina, y, lejos de ilustrar su voluntad, la precipitan? Porque aquel que
opina que puede dar fruto por sí mismo, ciertamente no está en la vid: el que
no está en la vid no está en Cristo, y el que no está en Cristo no es
cristiano.
Mas para que nadie sospechase que de sí mismo puede dar algún fruto el
sarmiento, aunque sea poco, añade: "Porque sin mí nada podéis hacer".
No dice: poco podéis hacer, porque si el sarmiento no estuviese en la vid
viviendo de su raíz, ningún fruto dará. Y aunque Cristo no fuese vid sino un
mero hombre, no tendría virtud para dar vida a los sarmientos, a no ser Dios
también.
Tan despreciables serán estos sarmientos si fueren separados de la vid, como gloriosos
mientras en ella permanecieren. Una, de estas dos cosas convienen al sarmiento:
o estar en la vid o en el fuego. Si no está en la vid estará en el fuego, así
como si no está en el fuego estará en la vid.
Sólo debemos decir que sus palabras están en nosotros cuando hacemos lo que
mandó, y amamos lo que prometió. Porque, aunque sus palabras estén en la
memoria, si no se manifiestan en obras no se considera el sarmiento en la vid,
porque su vida no nace del tronco. ¿Qué otra cosa puede quererse al estar en el
Salvador, sino lo que no se aparta de la salvación? Lo que apetecemos en tanto
que estamos en Cristo, es distinto de lo que queremos mientras estamos en el
siglo. Porque mientras estamos en la vida de este siglo deseamos muchas veces
cosas que ignoramos son en nuestro daño; pero no sucede así estando en Cristo,
el cual no nos concede lo que nos perjudica. La oración del Padre nuestro
pertenece a sus enseñanzas, y, por tanto, no debemos separarnos de la letra y
espíritu de esta oración, para que se nos conceda lo que pedimos.
¿Quién duda que el amor ha de preceder a la guarda de los preceptos? Porque el
que no ama no tiene base para la observancia de los preceptos; y así, esto que
dice no es para asentar la razón de donde el amor nace, sino por donde se
manifiesta, para que nadie se engañe diciendo que lo ama sin observar sus
preceptos. Aunque al decir "Permaneced en mi amor" no aparece a qué
amor alude, si al que debemos tenerle, o al que El nos tiene. Sin embargo, bien
se conoce por las anteriores palabras "Yo os he amado". Y en seguida
dice: "Permaneced en mi amor", a saber, en el que El les profesaba.
¿Qué otra cosa significa "Permaneced en mi amor", sino en mi gracia?
¿Y qué otra cosa expresa cuando dice "Si guardareis mis preceptos
permaneceréis en mi amor", sino el signo por donde hemos de conocer cuándo
le amamos, a saber, cuando guardamos sus mandamientos? No los observamos para
que El nos ame; antes, sin su amor no podríamos observarlos. Esta es la gracia
visible para los humildes, oculta para los soberbios. Mas ¿por qué continúa
"Como yo he observado los preceptos del Padre, y he permanecido en su
amor"? En efecto, aquí el amor del Padre es el que el Padre le profesa. ¿Y
por esto también se ha de entender como gracia el amor del Padre hacia el Hijo,
como lo es el del Hijo hacia nosotros? No, porque nosotros somos hijos por
gracia, no por naturaleza, y el Hijo lo es por naturaleza, no por gracia.
¿Puede esto referirse al Hijo como hombre? Ciertamente, porque al decir
"Como me amó mi Padre a mí, yo a vosotros", demuestra la gracia del
mediador. Pero Cristo es mediador entre Dios y los hombres, no en cuanto Dios,
sino en cuanto hombre. También puede decirse con justicia que si bien la
naturaleza humana no pertenece a la naturaleza de Dios, sí pertenece a la
persona del Hijo de Dios por medio de la gracia, que no tiene otra ni mayor ni
ciertamente igual. En efecto, ningún mérito del hombre precedió a la gracia de
la Encarnación, sino que por el contrario todo mérito suyo empezó a partir de
ella.
¿Qué gozo es éste que Cristo inspira en nosotros, sino el dignarse recibirlo
por nosotros? ¿Y qué gozo será ése que nosotros logramos, sino el tener parte
con El? Ya El tenía un gozo perfecto cuando se alegraba con la presciencia y
predestinación nuestra. Pero aquel gozo no estaba en nosotros porque nosotros
aún no existíamos. Empezó a existir en nosotros cuando nos llamó. Llamamos con
propiedad nuestro a este gozo, porque mediante él seremos bienaventurados, y
empezando por la fe de los que renacen, llegará a su perfección cuando
alcancemos el premio de la resurrección.
Como antes había dicho "Este es mi precepto, que os améis mutuamente como
yo os he amado", es lógico lo que el mismo San Juan dice en una epístola:
"Así como Cristo puso su vida por nosotros, así nosotros debemos ponerla
por nuestros hermanos" ( 1Jn 3,16). Esto hicieron los mártires
con ferviente amor, y por esto no los conmemoramos en el altar para pedir por
ellos, sino para que ellos pidan por nosotros, a fin de que sigamos sus
huellas. Y al presentarse de tal suerte a sus hermanos, no hicieron otra cosa
que manifestar las gracias que habían recibido en el altar.
He aquí una gracia inefable! ¿Qué éramos cuando aún no éramos cristianos, sino
unos perversos y perdidos? Pues ni aun habíamos creído en El para que nos
eligiese; porque si eligió a los creyentes, El los hizo creyentes para
elegirlos. No tiene aquí lugar aquella vana argumentación de que Dios nos
eligió antes de la creación, porque previó, no que El nos haría buenos, sino
que nosotros lo seríamos por nosotros mismos. Y ciertamente que si Dios nos
hubiera elegido porque previó que seríamos buenos, también habría previsto
entonces que nosotros lo habíamos de elegir primero a El. Porque ésta es la
única manera en que podemos ser buenos, a no ser que sea llamado bueno el que
no elige lo bueno. ¿Qué es, pues, lo que eligió de entre aquello que no era
bueno? No basta que digas: "fui elegido porque ya creía", porque si
creías en El ya lo habías elegido. Ni tampoco digas, "antes de creer ya
obraba bien, y por eso fui elegido", porque ¿qué obra puede ser buena
antes de tener fe? ¿Qué hemos de decir, pues, sino que éramos malos, y fuimos
elegidos para que fuésemos buenos por gracia del que nos eligió?
Han sido, pues, elegidos antes de la creación, por el acto de predestinación
que Dios previó que ejecutaría más adelante, aquellos que fueron llamados del
mundo por aquella vocación que Dios predestinó y cumplió. Porque a aquellos que
predestinó, a aquellos llamó ( Rm. 8,30).
Y ved cómo no es que elegía a los buenos, sino que a los que eligió hizo
buenos. Y continúa: "Y os puse para que vayáis y recojáis el fruto" (Jn 15,5).
Y éste es el fruto de que ya había dicho: "Sin mí nada podéis hacer".
El mismo es el camino en que nos puso para que vayamos.
Exhortando, pues, el Señor a los discípulos a llevar con
paciencia el aborrecimiento del mundo, no podía presentarles ejemplo mayor ni
más perfecto que el de sí mismo, y por esto dice: "Acordaos de la palabra
que os dije: No es el siervo mayor que su señor: si a mí me persiguen, también
a vosotros os perseguirán", etc.


Comentarios
Publicar un comentario