Teología mística


Ascensión espiritual



El alma humana es un inagotable tesoro de fuerzas desconocidas; no se sabe lo que hay escondido en sus amplios senos. Una de sus facultades más excelentes y nobles es el entendimiento, del cual nos servimos para remontarnos al conocimiento de las cosas. Puede ser estudiado con fruto por el filósofo, por el teólogo, por el psicólogo y por el místico. No se trata aquí de investigar su naturaleza y sus relaciones con el alma, su madre, sino de averiguar si es apto o no para elevarse al conocimiento de Dios, y de qué medios se vale para conseguirlo.

No se puede negar que el hombre conoce algo de los seres que le rodean y hieren sus sentidos, pues establece diferencias entre ellos y los clasifica a su modo, diferencias de que luego se aprovecha en el curso de su vida. No son para él todas las cosas iguales; algo, pues, conoce de ellas. Se mira así mismo y ve que tampoco lo que en sí halla es idéntico, sino vario. Su conocimiento limitado y la diversidad de seres le hacen presentir la existencia de un conocimiento sin límites y de una suprema unidad donde radiquen las diferencias todas. Y, en efecto, entrambas perfecciones subsisten en Dios, como la fuente en el manantial.

Para subir a la contemplación más alta de los divinos atributos, el entendimiento da tres saltos de gigante, con los que llega hasta zambullirse en el abismo insondable del ser de Dios, Estos saltos son los tres grados de la escala espiritual, al fin de los cuales se halla Dios en su trono glorioso y resplandeciente.

Los tres actos o movimientos que para esto se ¡requieren son los siguientes: una afirmación, una negación y una imitación. Por el primero nos remontamos de lo visible a lo invisible y predicamos de Dios todas las perfecciones, bondades, excelencias y hermosuras que descubrimos, y admiramos en el mundo universo: la ciencia del sabio, la santidad de los justos, el cariño paternal, la valentía del soldado, la majestad de los reyes, la grandeza de los océanos, el brillo del sol, la placidez del cielo, la belleza de las flores, la dulcedumbre de la miel y la limpieza y claridad del agua. Entonces el alma se alegra íntima y soberanamente viendo con los ojos del espíritu en su Amado, lo bueno, lo verdadero y lo hermoso, que con los ojos del cuerpo contempla en el vasto escenario de la tierra y del firmamento. Y lo conoce mejor, más ampliamente, más en su esencia y origen, por lo que también es más aquilatado, subido e intenso el gozo espiritual.

Elevado nuestro entendimiento hasta el ser de Dios y henchida su capacidad por la divina grandeza, se arroja con valentía en el mar sin límites de sus excelencias negándoles toda limitación y pequeñez, pues en Dios nada hay que no sea magnífico y acabado sobre toda magnificencia y perfección. ¡Cómo se complace y goza el alma en su Amado, experimentando que en él se recapitula conjuntamente todo lo que es mejor y digno de deseo, y sin que su mirada vivaz descubra ninguna mengua ni nota menos cabal! ¿Es posible traspasar este lejano y dilatado horizonte? Sí por cierto. Hundiéndose la mente humana en los arcanos impenetrables de la Divinidad, que es elevando la verdad conocida a la infinita potencia.

La inteligencia nuestra no puede abarcar en sí el ser infinito de Dios, pero puede concebirlo sin limitación alguna; esto no lo alcanza la imaginación, que es limitada; pero sí la mente desnuda de fantasmas e imágenes. Aquí concibe el alma a Dios con tanta alteza y prosperidad, que no le es dado levantarse a más altura; se ve anegada y compenetrada de Dios, y cómo Dios está en todas las cosas y todas las cosas en él por manera eficaz y real, aunque inexplicable por voces sensibles. Esta ascensión del alma, si se apoya puramente en la luz natural, puede llamarse contemplación filosófica o científica, y de suyo no es de provecho para la vida eterna; si procede de sobrenatural raíz, es decir, de la divina Gracia, será contemplación sobrenatural; y si, además, se experimenta el objeto contemplado, la contemplación es mística.

En fin, a Dios se le conoce y gusta por la intervención de tres hermosas luces: la natural, la sobrenatural y la mística. La primera, si va sola, para poco sirve; al principio deleita y atrae; pero luego cansa y fastidia. La segunda pacifíca el reino interior del espíritu, ilustra el alma y la enamora suave e intensamente; cuanto más se goza, más se apetece. La tercera transforma el alma en volcán encendido de amores divinos: es como el ósculo de esposo que da el Verbo de Dios al alma esposa.

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