Santa María Magdalena.





 

Mulier quae erat in civítate peccatrix. (Lc 7,37)

Mucho se ha escrito, más de lo necesario, sobre la personalidad de la pecadora, a quien Jesús perdona porque ha amado mucho. No hay autor que teniendo ocasión no trate largamente este asunto. Unos la quieren diferente de María Magdalena, y de la hermana de Lázaro y Marta; otros identifican la pecadora con la hermana de los amigos de Jesús, Marta y Lázaro; otros, en fin, quieren que la "Magdalena, ardiente enamorada del Maestro, la pecadora y la María de Betania sean una sola, idéntica mujer. Todos aducen razones, argumentos, citas; cada uno se cree dueño de la verdad; todos apelan a la confusión con que han tratado este punto los evangelistas, y yo afirmo, convencido, que los evangelistas están más, mucho más claros sobre este particular que ninguno de los numerosos autores que así se expresan. Con el Evangelio únicamente a la vista, vamos a tratar sucintamente y con claridad el asunto.

Predicaba Jesús por la Galilea en los días del año comprendido entre la segunda y tercera Pascua de su vida pública. Esto es evidente.

Acababa el Maestro de resucitar en Nain al Hijo de la viuda, cuando, de regreso hacia el lago de Tiberíades, se encontró con los emisarios de Juan Bautista, preso a la sazón de Herodes en el castillo de Maqueronte; siguiendo su camino habitual hacia Cafarnaúm por las orillas del lago, acertó a entrar en la ciudad de Mágdala, donde un fariseo, Simón, le invitó a comer consigo. El Maestro aceptó la invitación. Comenzado el banquete, una mujer, pecadora pública, in civitate peccatrix, penetró en la casa y, por detrás, postrándose a sus pies, los limpió con sus lágrimas, los enjugó con sus cabellos y los perfumó con ungüentos preciosos. Jesús la perdonó todos sus pecados porque ella había amado mucho y se fue en paz. El evangelista San Lucas (c. VII), que es el único que nos cuenta este hecho, no nos dice quién fuese esta pública pecadora.

No obstante, San Juan, en su capítulo XI, nos habla de María, la hermana de Marta y Lázaro, muerto y sepultado de tres días, y a quien el Maestro venia a resucitar, que era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con sus cabellos. Como este hecho es anterior al que el mismo evangelista nos cuenta en su capítulo siguiente, y que tuvo lugar durante la semana después del domingo de Ramos, es perfectamente creíble, más todavía, es cierto que se refiere a aquella pecadora que en Mágdala ungió los pies del Señor con bálsamo, los lavó con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos. La analogía de este doble relato, de San Juan el uno, de San Lucas el primero, nos confirma en la creencia, seriamente indiscutible, de que fuese una, eminentemente la misma, María de Betania la pecadora de Mágdala.

Mas el mismo San Lucas (c. VIII), y con él los demás evangelistas, repetidas veces nos hablan de una tal María Magdalena, devota y fervorosa adicta de la persona del Maestro, a quien acompañó de continuo, con otras santas mujeres, durante sus correrías apostólicas, sirviéndole y administrándole. Esta María era de Mágdala, así nos lo aseguran los hagiógrafos y ese es el valor literal del texto griego.

Todavía más: nos refieren que el Señor la libró de siete demonios, expresión simbólica de su mala vida pasada, de abandono a la voluntad del demonio. ¿Hay derecho a considerar a María Magdalena diversa mujer de aquella pecadora que en Mágdala fue libertada moralmente de los demonios? Pues bien, no olvidemos que aquélla la hemos identificado con María, la hermana de Lázaro y Marta, y que, por consiguiente, las tres son una sola.

Razones de conveniencia íntima y psicológicas nos obligan a creer así.

San Lucas, que en el capítulo VII nos refiere la conversión de la pecadora, no nos habla de María Magdalena más que a partir de ese día, evocando, al nombrarla, su pasada vida, con el beneficio de Jesús que la desató de la tiranía diabólica mediante el perdón de sus pecados.

Además, en la María Magdalena que en el día de la Resurrección del Señor (Jn 20) va con frascos de perfumes y aromas al sepulcro, a ungir al Maestro, y que, al no encontrarlo, llora, y al hallarlo se arroja a sus pies para desahogar sus ansias en fuertes besos de amor, ¿no vemos los mismos, exactamente iguales caracteres psicológicos de aquella pecadora fervorosa y ardiente de Mágdala y de María de Betania, igualmente fervorosa amante de Jesús, que en semejante ímpetu de generosidad, humildad y desprecio de sí misma sabe lograr la defensa del Maestro?

Abandonemos preconcebidos pareceres; estudiemos atentamente los hechos evangélicos con imparcialidad y rectitud, con las únicas ansias de acertar, y nos asiste la convicción de que, con el Evangelio en las manos, hallaremos más que razones suficientes para conseguir una certidumbre moral y racional de que la pecadora de Mágdala, la María de Betania y María Magdalena, son una sola mujer, eminentemente una, María Magdalena.

La tradición local así nos lo indica, y esto de por sí, en Palestina, es argumento de máximo valor. La tradición cristiana desde San Gregorio es unánime, y la Iglesia Católica prácticamente esto resuelve cuando celebra sólo una fiesta a Santa María Magdalena, y en su oficio y Misa aduce hechos y frases de todas las Marías en discusión. Creemos y defendemos, pues, esa común y única María Magdalena.
Datos complementarios de su vida poseemos pocos, y los que el Evangelio no nos proporciona, no pasan de ser leyendas más o menos verídicas.

Todos los biógrafos de María Magdalena convienen en suponerla rica y hermosa, descendiente de una noble y opulenta familia. Ciertamente que el perfume que ella, repetidas veces, derramó sobre los pies del Maestro, eso mismo nos permite creer. Sólo el derramado en casa da Simón el leproso, en Betania, valía unos trescientos denarios, casi doscientas cincuenta pesetas [¡del año 1927! Nota del copista]. Tal lujo, largueza y generosidad difícilmente se lo hubiera permitido una mujer pobre. Poseemos otro dato, quizá más valioso, para llegar a esta misma conclusión. A la muerte de Lázaro, acudieron a casa del difunto para acompañar a sus hermanas en la soledad, muchos judíos, en expresión de San Juan (9, 19). Ahora bien; esta costumbre judía no era observada más que con los ricos, y por consiguiente, a esta categoría pertenecerían las hermanas de Lázaro, cuando aún después de tres días, todavía era frecuentada su casa de amigos y plañideras.

Ignoramos dónde nacería. Algunos quieren que fuese en Betania, otros en Jerusalén, muy pocos en Mágdala. Lo admisible es que, muertos sus padres, los tres hermanos se repartieran sus bienes, quedando María con los del castillo de Mágdala, donde tuvo lugar, tras una vida desarreglada, su famosa conversión. San Antonio dice que el padre se llamó Syr y su madre Eucaria.

Después de la muerte y gloriosa ascensión del Señor, la tradición nos añade que los tres hermanos navegaron, abandonados a la providencia, en una barca, que el viento condujo a las costas de la Galia, donde María Magdalena, después de ser un ángel en la tierra, voló al cielo a juntarse con su Amado.




ORA PRO NOBIS!!!!

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