Para el Domingo de Pasión.



Queridos hermanos, hoy la Santa Iglesia bien adentrada en la Cuaresma, comienza a conmemorar la Pasión de Jesucristo. Bien clara y terminantemente se manifiesta en el Evangelio de este Domingo de Pasión, la santidad de Nuestro Señor Jesucristo, para que tengamos a la vista y consideremos atentamente la causa de su Pasión, o sea, padeció en su Sagrada Humanidad unida a la Persona del Verbo, la Segunda de la Augusta Trinidad, debido a que asumió carne pasible y se hizo semejante en todo -menos en el pecado- a nosotros para padecer en Sí mismo lo que nosotros merecíamos, y entendamos mediante la contemplación de tan gran misterio de nuestra Fe, Quién es el que padece y cuánto es lo que padece: padece el Creador por sus creaturas, padece el Señor por sus servidores, padece Aquel por Quien fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, padece Aquel por Quien y en Quien fue creado todo. Por lo cual no es de extrañar que conmovido el Creador por tantos tormentos, se conmoviere también su Obra, porque "la tierra tembló y se partieron las piedras, se hizo noche porque el sol se oscureció" como llorando la Pasión de su Creador, por tanto nosotros, cristianos que hacemos profesión de seguir y amar a Jesucristo lloremos nuestros pecados que fueron la causa de Su Pasión y aprendamos de las piedras y se parta nuestro corazón de dolor ante tanta manifestación de amor y misericordia, en Quien fue descargada la implacable justicia de Dios para saldar la deuda infinita sobre una Persona infinita, capaz de merecer así méritos infinitos y librarnos de la ira del Todopoderoso. Piense cada uno lo que debe en justicia al Corazón de Jesús y arrepentido no sólo llore sino que proponga remediar tanto dolor causado llevando una vida santa para que el Padre Celestial, que ve y conoce los secretos de nuestro corazón nos haga dignos -en Jesucristo- de merecer la vida eterna y que nuestros nombres no sean borrados del Libro de la Vida. De esta manera compungidos propongamos sinceramente no pecar más y evitar las ocasiones que sabemos pueden llevarnos al pecado, pues como dice San Pablo, si aquellos "le hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria", mientras que nosotros que confesamos conocerle, le negamos con las obras, asemejándonos a los que lo entregaron para que fuera crucificado, poniendo -de algún modo- nuestras manos violentas en la Sagrada Humanidad de Jesús.

Pero se acreciente nuestra esperanza sabiendo que Aquel que se entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo podría negarnos lo que le pidamos en orden a nuestra salvavión eterna? Nunca desesperemos porque aunque nuestros pecados "fueron rojos como la grana-dice Isaías- quedarán blancos como la nieve", recordándonos que para Dios nada es imposible en aquel que se arrepiente y vuelve. 

Sea esta la gracia que pidamos el día de hoy. Alabado sea el Sagrado Corazón de Jesús!!!! 

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