Los grados de la perfecta alegría.




Desde que comienza a formarse en nosotros hasta que llega al último de sus complementos, recorre esta alegría en las almas verdaderamente justas, una escalera de cinco peldaños o gradas de ascensión mística, en cada uno de los cuales las personas devotas que van subiendo por ella hasta el trono de su Dios, experimentan sus dulces y sabrosos efectos en armonía con el estado de perfección que han alcanzado y con las disposiciones personales que aportan a su porvenir religioso.


«Gracia santificante», «limpieza de todo pecado formal», «perfección ascética», «vida de santidad» y «estado de víctima voluntaria», son los nombres con que expresamos nosotros estas cinco gradas, procediendo de menos a más. Aquí están encerradas todas las razones de nuestro continuo bregar con los enemigos de nuestra alma, que nunca duermen ni cejan siquiera en sus titánicas luchas en contra de nuestro infortunado espíritu.


La grada primera es la que denominamos «gracia santificante» de los que sólo evitan el pecado mortal, si adquieren hábito de vivir largo tiempo sin él. En esta primera grada, los pecadores que poco antes aún yacían sepultados en el inmundo lodazal de sus vicios y pecados graves, recobran la vida de su alma y quedan ya constituidos siervos e hijos adoptivos del Dios. Subieron a ella después de haber reflexionado seriamente sobre las miserias de que eran víctimas en su estado de pecado, y sobre los bienes espirituales de que se hacían acreedores luego que salieran de él. Con esto se levantaron de su ominosa postración, renunciaron los placeres gravemente pecaminosos de la carne y vivieron adonde ahora están. Les costó mucho dar este primer paso de renovación espiritual; pero lo dieron al fin, y desde entonces, hallándose en lugar seguro, se alegran en el Señor, y se regocijan en Dios su divino Salvador. Se gozan en Aquél que les dio el querer y obrar esta gran mudanza, y con ello se consideran y son también felices de verdad, si bien su alegría actual es la que se llama de primer grado. Si saben ellos mantenerse aquí con firmeza y hacer méritos para más, no tardará la gracia en subirlos ordenadamente, tal vez hasta las cumbres de la santidad.


Damos el nombre de segunda grada a la «limpieza de pecado formal», cuando los que subieron a ella tienen hábito contraído de no cometerlo deliberadamente bajo de ninguna de sus formas. Suele llegarse aquí pasando por muchas tribulaciones, y a veces chorreando sangre por innumerables heridas del yo humano. Mas después de cada victoria sobre los enemigos del alma, disfruta el yo divino alegrías tanto más intensas, tanto más finas, tanto más confortantes y alentadoras, tanto más verdaderas y perfectas.


Con esto los soldados de Cristo se acostumbran a los combates del espíritu, y llegan a sentir de tal modo la necesidad de seguir luchando contra las pasiones de todo género, que se echan al campo dispuestos a dar su sangre y su vida por la buena causa que ellos persiguen.


La tercera grada es la «perfección ascética». Los que han hecho esta tercera ascensión hacia la patria bienaventurada, sobre no cometer pecado mortal ni venial, tampoco incurren advertidamente en lo que llamamos imperfecciones no pecaminosas. Por esto son almas perfectas. Su característica es negarle siempre al yo humano cuánto les pida fuera de razón. Su lema es hacer en todo caso la voluntad de Dios, por formidables que sean los sacrificios a que por esta causa se vean expuestos.


Desde las alturas de esta grada, los que miran hacia abajo, contemplan con fruición inaudita a sus enemigos acribillados de heridas y muertos a sus pies; los que miran hacia arriba, ven con entusiasmo las coronas con que les brindan Dios y sus ángeles; los que esparcen sus ojos en torno supo, se ven rodeados por doquiera de nuevos peligros y comprenden la necesidad de permanecer firmes en la brecha; los que sondean su propio interior, descubren en el centro de sus almas el trono y asiento de su Dios ya cubierto por un cielo sin nubes, iluminado por un sol sin eclipses y revestido de una perfección sin manchas, con lo cual se acrecienta no poco su jubilosa alegría. «¡Qué bien estamos aquí, dicen ellos entonces, donde ni el pecado mortal, ni la culpa venial, ni la imperfección voluntaria, pueden disminuir ni tampoco enturbiar las fuentes ni los manantiales de nuestra dicha ni de nuestra felicidad!»


La cuarta grada es la de los santos que aún viven en la tierra, y que denominamos «vida de santidad», en el sentido más riguroso de esta palabra. La característica de los que han subido tan alto es hacer lo que a Dios más le agrada. No lo que Dios quiere hacen éstos, sino lo que Dios prefiere. Les parece muy poca cosa trabajar simplemente a la gloria de Dios cual lo hacían en la grada anterior. De aquí que pongan ahora todo su intento en obrar siempre a la mayor gloria de Dios. Así es que de su parte le dan a Dios la gloria más grande que pueden, el gusto más cumplido, la satisfacción más completa, la obra más acabada. Y esto por hábito, por costumbre, por inclinación propia, por instinto natural.


«Estado de víctima voluntaria» es el nombre de la quinta y última grada. Para efectuar de lleno esta postrera y admirable ascensión de las almas hasta su Dios, se requiere caldear antes y derretir el corazón de los santos en los altos hornos de las llagas de Cristo, que son fuego puro de infinita caridad. Sobre haber atormentado, pisoteado y muerto al yo humano en las gradas que preceden, se necesita ahora enclavarlo en la cruz del Redentor y mantenerlo pendiente de ella hasta que el yo divino haya cantado sobre él la última de sus victorias.


Las almas que han alcanzado esta última grada, prefieren también por hábito, en igualdad de circunstancias, lo penoso a lo placentero, la humillación a la exaltación, la cruz y martirio a la molicie de las cortes y a los tronos de los reyes,, hasta que han reproducido en sí mismos la bella imagen del Crucificado, cual antes lo habían propuesto. Cada vez que entonces padecen en Cristo y por Cristo, reciben una satisfacción tan grande, una alegría tan perfecta, un gozo tan consumado, que no puede contenerlo su pecho, ni cabe en su alma, ni halla suficiente espacio en su corazón. Cuando ya el Santo puede decir de verdad: «Soy otro Cristo», «enclavado estoy con Cristo», «mi vivir es Cristo», «no me glorío sino en la cruz de Cristo»..., también es ya cierto que el gozo espiritual ha colmado su medida. Este Santo es ya feliz sobre la tierra. Nada ni nadie le arrebatará el gozo que inunda su alma y de que no pocas veces participa también el cuerpo en grado sumo.

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