Sermón para el Domingo IX después de Pentecostés.




Lección del Santo Evangelio según San Lucas.

 19:41-47

En aquel tiempo: Al llegar Jesús cerca de Jerusalén, viendo la ciudad lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh! si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede procurarte la paz; mas ¡ay! que ahora está todo oculto a tus ojos. Y lo que sigue.

Queridos hermanos, hoy la Santa Iglesia Católica celebra el IX Domingo después de Pentecostés. Dejemos de lado la realidad histórica que anuncia Jesucristo sobre la ciudad deicida y apliquémonos un momento en considerar el llanto de Nuestro Señor y su lamento a nuestra propia historia, de manera que entrando en nuestra conciencia veamos que también a nosotros nos dice el Salvador "¡Oh! si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede procurarte la paz..."

"La paz" es definida como la tranquilidad en el orden, y el "orden" no es otra cosa que la reducción de lo múltiple a la unidad. Tampoco consideraremos hoy cómo Nuestro Señor llama a los católicos a que quieran entrar a Su Reino, que es la Iglesia, procurando que los fieles trabajen por la elección de aquel que es "principio de la unidad" y por tanto del orden, mediante el cual Jesucristo otorga "la paz" que no puede dar el mundo. No, pongamos hoy la atención sobre el alma del hombre hijo de Adán, y en la propia nuestra, y veremos que nadie, por sí mismo, tiene gusto en obrar bien, sino que todos estamos inclinados al mal, y son innumerables las pasiones malas del hombre: "las mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, e igualmente los varones, dejando el uso natural de las mujeres, se abrazaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de sus extravíos (como sucedió en Sodoma y Gomorra) . Y como no estimaron el conocimiento de Dios, los entregó Dios a una mente depravada para hacer lo indebido, henchidos de toda injusticia, malicia, codicia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riña, dolos, malignidad, murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, desobedientes a sus padres, insensatos, desleales, hombres sin amor y sin misericordia...y no sólo hacen estas cosas sino que se complacen en los que las practican", como dice San Pablo (Romanos I, 18-32).

Y aunque continuamente estamos envueltos en estos males, hay muchísimos de éstos que no nos parecen cosas malas, lo cual es la mayor desgracia de nuestra naturaleza, y esto, queridos hermanos, nos muestra la ceguedad de nuestos apetitos y malas pasiones considerando bueno lo que es perjudicial, y aún como locos rematados nos dejamos arrastrar a tan perniciosos males, como a bienes muy apetecibles y agradables, y consideramos bajo apariencia de bien lo que nos es nocivo para la vida eterna, llamando mal al bien y bien al mal y las tinieblas por la luz y por amargo lo dulce y lo dulce por amargo.

Sujetos a esta condición miserable sólo podemos elevarnos de ella por el auxilio de la gracia divina.

¡ Cuántas veces el Señor ha llorado por nuestra alma ! No pensemos en el prójimo, pensemos en nuestra propia bajeza para llorar nuestros pecados, porque la verdadera contrición no consiste en tan sólo dejar de pecar o el tener el propósito de cambiar, sino principalmente en tener odio y en expiar la mala vida pasada. Recordemos la traición de San Pedro que una vez convertido por la mirada de Jesús que le recordó que lo negaría tres veces antes que el gallo cante, lloró su culpa y sus lágrimas hicieron surco en sus mejillas, pues cada vez que oía cantar un gallo se acordaba de su traición y lloraba amargamente.

¡ Cuantas veces nos hemos confesado y cuan pocas hemos llorado odiando nuestro proceder contra Dios!

Hoy es un día oportuno para volver a nuestro interior y quitar por la contrición la culpa de una vida cristiana floja y sin propósito de santidad, recordando que el hacha está puesta a la raíz del mal árbol para cortarlo!!!!!!

Que mediante la Santísima Virgen Inmaculada recibamos la gracia de la luz y caminemos en justicia y santidad.

Dios nos guarde.

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