PERSPECTIVA ESCATOLÓGICA
La Perspectiva Escatológica,
LAS DOS RESURRECCIONES
En función de los dos juicios San Juan pone dos
resurrecciones. Los de la primera resucitan para juzgar, o sea reinar, en el
juicio de vivos, y los de la segunda para ser juzgados en el juicio final de
muertos. La primera es propia de algunos felices privilegiados; la segunda es
común a buenos y a malos, no exclusiva de los malos como sostuvo el error de
Nepote.
A la resurrección primera, o de privilegio, parece aludir el divino Maestro,
hablando de aquellos, “los que hayan sido juzgados dignos de alcanzar el siglo
aquel y la resurrección de entre los muertos” (Lc. XX, 35). Eco de estas
palabras del Señor serían las expresiones apocalípticas: “¡Bienaventurados los
muertos, los que mueren en el Señor desde ahora!” (Ap. XIV, 13 gr.);
“¡Bienaventurados los llamados al banquete nupcial del Cordero!” (Ap. XIX, 9;
cf. III, 20); “Bienaventurado y Santo el que tiene parte en la primera
resurrección” (Ap. XX, 6).
No es de extrañar que
en antiguas liturgias se pidiese el tener parte en la resurrección primera.
Admitido sin mayor dificultad todo esto, pues la Escritura no puede ser anulada
(Jn. X, 35), surge la cuestión batallona sobre si la primera resurrección es o
no corporal, ni más ni menos que la resurrección final de buenos y malos.
Nosotros nos podríamos ahorrar en meternos en esta cuestión, pues según el plan
que aquí nos hemos propuesto, no nos interesa tanto investigar la naturaleza
íntima de las cosas, cuanto su futuridad escatológica. Una vez establecida
ésta, y articulado el acontecimiento en la serie de los del mismo plano, nos
debíamos dar por satisfechos.
Como no podía ser menos, ante la evidencia del sagrado
texto, a la resurrección primera todos la articulan con el reinado de los mil
años, pero a tenor del puesto y significación que a ese reinado se concede, así
es la significación mínima que se da a la resurrección primera.
¿Comienza el milenio con el cristianismo? Pues esa
resurrección significaría el paso de las almas a la vida nueva.
¿Comienza con la paz
constantiniana? Entonces esa resurrección sería el culto tributado a los
mártires tras las persecuciones sangrientas.
¿Comienza con la
institución del Sacro Romano Imperio y destrucción de la herejía iconoclasta?
Pues la tal resurrección significaría el triunfo del culto de los santos en la
liturgia cristiana.
¿Comienza, en fin, el
milenio, según los escatologistas con el reinado de Cristo con sus santos como
una continuación necesaria del juicio universal de vivos? Entonces la
significación mínima que se concede a la resurrección primera, es la exaltación
de las almas de los mártires, confesores, etc. (cf. Ap. XX, 4) en la
participación de la potestad real y judicial de Cristo en el juicio-reinado
universal de vivos, según promesas muchas veces repetidas:
“En la regeneración (gr. palingenesia), cuando el Hijo del
hombre se siente sobre su trono glorioso, os sentaréis, vosotros también…” (Mt.
XIX, 28 y par); “Y al vencedor, esto es, al que guardare hasta el fin mis
obras, le daré autoridad sobre las naciones” (Ap. II, 26); “Al vencedor le daré
sentarse conmigo en mi trono” (Ap. III, 21); “¿No sabéis acaso que los santos
juzgarán al mundo?” (I Cor. VI, 2). Es cuanto dice San Juan: “Y les fue dado
juicio… y reinaron con Cristo mil años”. Y antes había dicho el Maestro:
“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt.
XIII, 43). Y antes el autor de la Sabiduría, recogiendo toda la tradición
profética: “Brillarán los justos y discurrirán como centellas por un cañaveral.
Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos. El Señor reinará sobre ellos
eternamente” (Sab. III, 7 s.), etc.
La significación mínima de resurrección, dicha también
espiritual en oposición a la corporal, se salva en todas las explicaciones del
milenio, lo mismo en las históricas que en la escatológica.
Para nuestro objeto esto debería bastar. Si insistimos, pues,
en mover la cuestión de la significación máxima, es decir, de la corporalidad
de los resucitados, no es por exigencias del milenio, nótese bien, sino por
otra razón más poderosa, que nosotros no acertamos a eludir.
Es el caso que San Juan presenta las dos resurrecciones, como complementarias
la una de la otra (Ap. XX, 5). En la primera resucitan los dichos, y en la
otra, al cabo de los mil años, “los demás”, “los restantes” (coeteri).
O se admite, pues,
que es corporal la primera resurrección, o se niega la universalidad de la
resurrección corporal, pues en la general no resucitan más que “los restantes”.
Según el sentido obvio del sagrado texto, solo admitiendo que la primera
resurrección es corporal, se salva el dogma de la universal resurrección de la
carne, resucitando parte en la primera (Ap. XX, 4s.) y los demás en la final
(Ap. XX, 5.12 s.) y entre ambas todos, y no hay más que pedir.
Objétase contra la resurrección corporal bipartida, que los muertos han de
resucitar todos simul, o como dice la Escritura, “en el último día” (Job. XIX,
25; Jn. VI, 39 ss.; XI, 24), “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la
trompeta final” (I Cor. XV, 52).
Es probado que la resurrección será simul, pero no con
simultaneidad absoluta, sino relativa, lo que implica el “in novissimo die” (en
el último dia), que es de una latitud indefinida. Se trata del día grande y
terrible del Señor, por otro nombre la palingenesia, que más que un día de
veinticuatro horas (cf. Zac. XIV, 7), se parece a uno de aquellos días
genesíacos, proporcionado a la grandeza del obrero y de las obras que en él se
realizan, de las cuales hemos expuesto algunas. La misma amplitud tiene el “in
novissima tuba” que es la séptima y última trompeta apocalíptica (Ap. XI, 15
ss.), con que se anuncia ese día grande y terrible del Señor, el día del
juicio-reinado, que ya anunciaron antes los profetas (Ap. X, 7) y que luego se
describe por menor desde el cap. XII al XX del Apocalipsis. Ambas
resurrecciones, pues, la primera y la final tendrán lugar en ese grande y
terrible día novísimo.
Lo de “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”, más que
a la simultaneidad miraría a la instantaneidad de la resurrección, sea la
primera sea la segunda, como se dio ya una vez en la de Cristo y su Madre y
hubo de darse tal vez en la de otros santos resucitados (cf. Mt. XXVII, 52 s.).
Las expresiones claras y terminantes de Ap. XX sobre ambas resurrecciones no
pueden ceder ante otras menos matizadas del sagrado texto, salvo siempre el
juicio inapelable de la Madre Iglesia, al cual nos remitimos en esto como en
todo. José Ramos García, C.M.F.
Fuente: XVI Semana Bíblica Española, (Sept. 1955), publicado
el año 1956, pp. 228-272 ss.



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