LA IGLESIA O LA TRANSFORMACIÓN DEL "GRANO DE MOSTAZA"

 

UNA CONSIDERACIÓN MÁS SOBRE EL REINO DE CRISTO.


 Breve distinción que -salvando los decretos de Santo Oficio también salvamos la interpretación sana del milenarismo. El Decreto del ’41 dice que “Cristo no reinará corporalmente” que tuvo que ser corregido por el mismo Santo Oficio en el ’44 por “visiblemente”.
Nosotros decimos -sin contrariar ninguno de los Decretos y dando esta otra interpretación más- luego de la innegable la atadura de Satanás por mil años y sin enemigos externos para la Iglesia, pues fueron enviados al abismo infernal el Falso Profeta y el Anticristo, quedando tan solo las consecuencias PERSONALES del pecado original, por lo cual eso afecta a cada uno pero no a la Iglesia como Cuerpo- es tal como fue luego de la Resurrección -ni corporal ni visible permanentemente- apareciendo a los Apóstoles y confortándolos hasta la Ascensión.

 La Parusía es lo contrario a la Ascensión: Cristo vuelve de la misma manera que lo vieron ascender, desapareció ante sus ojos, pero la promesa de “Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos” se mantiene -aunque sin ser “visto” ahora sino bajo los velos de los accidentes de la Eucaristía-  CORPORALMENTE- presente en la Iglesia, y sin impedir que Su Presencia Real en la Eucaristía obstruya ni impida el que “esté sentado a la derecha del Padre” como enseña el Credo.

También decimos, y ahora considerándolo desde otra perspectiva, que la Parusía transforma el Reino -que es la Iglesia- no a Cristo, que ya está con Cuerpo glorificado, no sujeto a las exigencias materiales, sino como Señor de ellas y dominando el universo creado en cuanto que ES Dios.

 A su Vuelta -dice la Escritura inerrante- algunos “serán tomados y otros dejados” para que “transformados” formen el cortejo del Rey de reyes, junto con los que resucitarán en ese momento histórico, siendo todos ellos -los transformados arrebatados al encuentro con Cristo; y los resucitados- no sujetos ya a la materia…pero “algunos serán dejados” en la tierra a la Venida de Cristo, y son estos los que seguirán constituyendo la Iglesia Reino de Cristo Militante –pues aunque  no habrá a quien combatir externamente: ni mundo ni demonio, pero sí, todavía en los viadores, las consecuencias propias del pecado original- con la cual Iglesia habrá comunicación entre bienaventurados y viadores, y todo “eso” constituye el Reino de justicia, de amor y de paz EN LA TIERRA, período largo de mil años, en los cuales Jesucristo y los Santos -los resucitados, los transformados y los bienaventurados -como la Santísima Virgen- se aparecerán y tendrán trato con los viadores hasta “cumplidos los mil años”.

 ¿Quién podría decir que Cristo no reinará en Su Reino temporal que es la Iglesia, aunque de una manera nueva, ni corporalmente, ni visiblemente, sino de la forma como lo hizo luego de Su Resurrección? ¿Quién podría negarle esa gloria donde el “ahora” (que le dijo a Pilatos) se cumple perfectamente en “los tiempos y momentos que el Padre tiene reservados”?


Por tanto, no nos apartamos de los Decretos de la Iglesia, ni dejamos de creer en el Reino Milenario, nunca condenado, salvo el craso o carnal, anunciado en la Escritura.
Este “milenarismo” no tiene adjetivos: ni “carnal o material”, ni “mitigado” (¿?), ni “espiritual” (puro), solamente el de la Escritura expresado en San Juan; “Y vivieron y reinaron con Cristo mil años” ¿Quién podría condenar lo que vio, escribió y creyó el mismo San Juan?

 

 

Por tanto, los Decretos no están en juego, no enseñamos lo que los Decretos prohíben enseñar como “peligroso” (aunque jamás nadie ha expresado por qué lo sería), porque los dos Decretos tienen como objeto directo el MODO de la PRESENCIA de Cristo en el Reino que anuncian las Profecías, no NIEGAN ni el Reino Milenario ni la presencia de Cristo en él. ¿Cómo podrían negarlo si el Reino ES la iglesia?


La acentuación de esta otra interpretación que hacemos sobre el Reino del capítulo XX de San Juan está cifrada NO en el MODO de la presencia de Nuestro Señor, sino en la TRANSFORMACIÓN – por la Parusía- del REINO DE CRISTO, que es la Iglesia.

 Es la Visión confortante del Reino Milenario que en medio de esta Gran Apostasía nos mantiene viva la Esperanza, es la que aplasta la pretensión humanista de la Ramera de unir a los hombres sin Cristo, o mejor contra- Cristo llevándolos a la idolatría del Anticristo.
Meditando los textos de San Pablo: ” algunos no moriremos, sino que seremos trasformados” inmediatamente surge, con la Venida Gloriosa de Jesucristo, el comienzo de la transformación del Reino a lo que le sigue la resurrección de los que vivirán reinando con Jesucristo…¡el abismo de profundidad en el Misterio de Dios que tiene el alma de San Juan es impensable! Por eso recomienda a la Esposa clamar la presencia de su Esposo: “Ven Señor Jesús” y a los que militamos en estos últimos combates nos hace gritar frente a la Apostasía ¡VIVA CRISTO-REY ¡

La vida eterna es una realidad conquistable. La entrada es gratuita y comienza el día del Bautismo, con la recepción de la Gracia, que convierte a la creatura en hijo adoptivo de Dios y heredero- por los méritos infinitos de Jesucristo- del Cielo, es decir, una vida interminable y feliz por la posesión de un Bien infinito, que no se pierde y que colma enteramente las ansias de felicidad del corazón humano, que es Dios mismo. Dios se “obliga” por justicia la concesión de la vida perdurable para cualquier alma que muere en Gracia. Entonces ¿qué es la Gracia? Es la participación gratuita de la misma vida que se vive en el seno Trinitario. La Gracia es la recuperación de la vida eterna perdida por el pecado, que tiene culpa infinita, debido que la ofensa es inferida a Dios infinito y eterno, por lo tanto, la culpa adquiere las mismas propiedades: infinita y eterna, por eso sólo Dios en Persona (la Segunda hecha Hombre) podía hacerlo reparando absolutamente la Justicia divina con un Sacrificio de valor infinito.

 La Gracia, entonces, es vida sobrenatural que comienza para el hombre con el primero y principal de los Sacramentos: el Bautismo, y la Iglesia Católica, única institución que tiene autoridad para hacerlo, fue pensada desde toda la eternidad en la Mente divina cuando Dios la unió inseparablemente, en el decreto de predestinación de Jesucristo, al Verbo Encarnado, de manera tal que es impensable uno sin la existencia del otro, y como la Iglesia tiene principio en Dios y está unida a Jesucristo, de alguna manera la Iglesia “no tendrá fin” como le dijo el Arcángel Gabriel a Nuestra Señora en Nazareth en el momento de la Anunciación, haciendo referencia al Reino de Jesucristo.

 Así como la Sagrada Humanidad del Verbo Encarnado es el instrumento unido a la divinidad, para que sus méritos fueran eternos e infinitos y pudiera saldar una deuda  infinita contraída por el pecado, que ningún puro hombre podría saldar, del mismo modo se asoció a Si Mismo una Institución pensada y amada desde toda la eternidad, que es Su Reino en cuanto Hombre- Dios: la Iglesia Católica. Por eso no puede haber otra “iglesia”, porque la Esposa del Cordero es solo una, porque sólo existe un Dios, y todos los medios depositados en Ella son los únicos que tienen poder para re-ligar a la creatura con el Creador aplicando los méritos del Salvador.

 De algún modo la Iglesia es la incoación temporal del Paraíso cerrado, es expansible en el tiempo engendrando hijos de Dios hasta su entrada en la eternidad, que dejará de ser militante y purgante, porque en la eternidad solo será triunfante, ya no habrá a quien salvar, el tiempo y sus consecuencias habrán pasado. Ya no tendrá límites porque Dios será todo en todos: la creatura poseerá a Dios plenamente y según la capacidad que cada uno tenga, sin necesidad de que ninguna cosa pueda colmarla porque Dios será su vida y la “fuente” imperdible de felicidad. La “visión beatífica”  es “la vida eterna que consiste en conocerte a Ti, único Dios verdadero, y a Tu enviado Jesucristo”, como dice San Juan en el Evangelio.
Pero antes de llegar a la eternidad, como esta Institución tuvo origen temporal en la tierra como "una semilla de mostaza", y no era el tiempo de su plenitud, sino su comienzo, hasta el “tiempo y el momento” que el Padre ha asignado desde toda la eternidad para que fuera el Reino temporal prometido por Justicia y conquistado por la Pasión de Su Hijo, con todo esplendor y majestuosidad dignas de Cristo-Rey, señaló que el “ahora” que dijo Jesucristo ante Pilato, tuviera un compás de espera hasta la Segunda Vuelta o Parusía como Rey y Juez, y el “ahora” de padecimiento, de persecución, de martirio y de agonía, será convertido, por la sola presencia del Verbo Encarnado Resucitado y Glorioso, en Su Reino temporal, “ahora” y “aquí”, de justicia, de amor y de paz, cuyo límite pisará los umbrales de la eternidad. Es el Rey Glorificado que transforma Su Reino con Su Venida, que acaba con sus enemigos externos y cuyo florecimiento será cual no tuvo ningún reino de la tierra. Es el Esposo que vuelve, para desposar a Su Esposa Inmaculada y sin arruga. Es la ejecución del Cantar de los Cantares. Es la Iglesia transformada y elevada a una magnificencia inconcebible, que San Juan apenas la puede describir con el símil de las piedras preciosas.




Por eso también ponemos a consideración y también decimos, y no contrariamos los Decretos de la Iglesia, que el cambio no sólo está en el modo de presencia del Rey sino también en la transformación del Reino donde florecerán todo tipo de virtudes, porque no habrá nada que combatir externamente, sólo en los viadores seguirá existiendo el “fomes peccati”, pero de manera que pueda afectar solo a cada uno, pero como habrá trato y comunicación con los bienaventurados, la santificación personal será más sencilla. La Gracia con sus virtudes y el Espíritu Santo con sus dones harán del Reino temporal de Jesucristo como si fuera la restauración del Paraíso. “Mil años” dice San Juan, y después la eternidad.
¿Quién será tan insensato e ingrato que no quiera la gloria y el honor que Jesucristo merece en la tierra, por derecho, por conquista y por justicia?.

 


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