LA TIERRA
Geocentrismo, Cristocentrismo y la TIERRA, centro del Universo creado.
Dice la Escritura Santa:
“Pusiste la tierra sobre sus bases
para que nunca se mueva de su lugar” (Salmos 104)
“Sale el sol, se pone el
sol, y afanoso vuelve a su punto de origen para de allí volver a
salir” (Eclesiastés 1:5)
El día que el Señor les dio
a los israelitas la victoria sobre los amorreos, Josué oró
al Señor delante de todo el pueblo de Israel y dijo: «Que el sol
se detenga sobre Gabaón, y la luna, sobre el valle de Ajalón». Entonces
el sol se detuvo y la luna se quedó en su sitio hasta que la nación de Israel
terminó de derrotar a sus enemigos. ¿Acaso no está registrado ese suceso
en El libro de Jaser? El sol se detuvo en medio del cielo y no se
ocultó como en un día normal. Jamás, ni antes ni después, hubo un día como ese,
cuando el Señor contestó semejante oración. ¡Sin duda, ese día
el Señor peleó por Israel!” (Josué 10:12-14 NTV)
“Dios extendió el norte (el firmamento) sobre el vacío y colgó la tierra sobre la nada” (Job 26,7).
“¡Haré retroceder diez gradas la
sombra del sol en el reloj solar de Acaz!”». Así que la sombra se movió diez
gradas hacia atrás en el reloj solar” (Isaías 38:8 NTV)
“Dios la afirmó (a la Tierra) para que no se mueva jamás” (Sal 93,1), (I Cr 16,30).
“El Señor afirmó la Tierra, para
que no se mueva” (Sal 96,10b).
“Nace el sol por un extremo del
cielo, y avanza por su circuito hasta llegar al otro
extremo, sin que nada escape de su calor” (Sal 19,6).
La Sagrada Escritura es “verbum Dei” que tiene por Autor principal a Dios, y por tanto tiene el sello de la inerrancia. ¿Por qué, pues, alguno podría interpretar no literalmente los textos aducidos? No caben aquí ni metáforas ni alegorismos, porque es una verdad que constatan permanentemente nuestros sentidos, -los de todos los hombres de todos los tiempos-, que no pueden engañarnos con lo que perciben, y lo que ven es que “el sol sale y se pone”, que es lo que dice la Escritura que no puede engañarnos.
La tierra es el centro del universo creado, como trono inamovible en la mente divina, de Jesucristo, y todo debe girar en torno a ella, como todo debe “girar” en torno al “punto” principal: la del Encarnación del Verbo: el Cristocentrismo, tanto en el orden natural y físico, como en el sobrenatural por la Gracia. Por Cristo, primer pensamiento en la mente divina de la Creación, fueron creadas todas las cosas, y la tierra como trono del Verbo Encarnado, la cual manifiesta el atributo divino de la inmovilidad de Dios, así como todas las obras del Creador manifiestan Sus perfecciones. Convenía que todo girara -el universo entero y los ángeles y los hombres- en torno a la tierra donde el Verbo se hizo hombre y donde debe reinar para siempre, pues “su Reino no tendrá fin”, porque la tierra, aunque no es eterna -pues fue creada- sin embargo, no será destruida sino transformada, o sea, el mundo entero, porque fue pensada para que el Hijo de Dios asentara Sus pies sobre ella. “Todo fue creado por El y para El” y nada ha sido hecho sin tener como Principio, Centro y Fin de todo lo creado a Jesucristo, para que todas las creaturas en digno cortejo rindan pleitesía a Su Señor, Dios y Rey. Es justo que el trono del Verbo Encarnado sea inamovible, como inamovible es la Voluntad de Dios manifestada en la Escritura y en lo hecho o creado para el Verbo Encarnado. Ni movilidad de ningún tipo: ni rotación sobre ella misma ni alrededor del sol ni evolución ni bing-bang. Todo para Jesucristo, Verbo hecho Hombre, Primer pensamiento “ad extra” de la mente divina, y Centro de las obras de Dios fuera del Seno Trinitario. Es impensable que el trono de Jesucristo no gozara de estabilidad física y girara en torno a otra cosa que fue pensada para servir, como es el sol. No parece digno. La Sagrada Escritura en el Libro del Génesis dice que primero fue creada la tierra ( y todo manifiesta que sea plana), y en el cuarto día el sol para sirviera como luminaria y la luna para que junto con el sol sirviera de luminaria nocturna y marcara las estaciones, nada más esa finalidad pero no para que todo girara en torno a sol. Es absolutamente inverosímil.
La estabilidad de la tierra plana e inmóvil es consecuencia y efecto del
Cristocentrismo, desde donde se entiende sin problemas el Geocentrismo, y desde
donde se perciben claramente las teorías contrarias de quitar del medio al
Verbo Encarnado: heliocentrismo, evolucionismo, naturalismo, modernismo y
apostasía.
La Iglesia
siempre sostuvo el Geocentrismo apoyada en el sentido literal de la Escritura.
Si se niega el honor a la Sagrada Humanidad de Jesucristo, se niega como consecuencia el Geocentrismo ¿Cuál sería la razón para argumentar negando que el centro del Mundo creado sea la Tierra si Dios la
creó para que naciera Su Hijo? Tal vez otras razones existirían en la Mente
Divina como futuribles maneras de la Creación, pero la realidad es solo la que
hizo, y es ésta, y por lo tanto es la que Su Mente consideró mejor y por Su
Voluntad quiso que así fuera teniendo como fin la futura Encarnación. No parece
conveniente que el Trono de Dios hecho Hombre no fuera el centro inmóvil del Mundo creado, sino simplemente una roca errante en un espacio infinito (indemostrable)dando vueltas
al sol, que es quien sería el centro del universo. Tampoco parece digno porque
toda la Creación canta las glorias de Dios y en toda ella se reflejan los
atributos divinos, y en la inmovilidad de la Tierra, Trono del Verbo Encarnado,
Resucitado y Glorificado, se refleja la inmutabilidad de Sus designios y de Su
Ser. El Geocentrismo, por honor, además que, por conveniencia, proclama el
Cristocentrismo.
El Geocentrismo es un corolario lógico del Cristocentrismo, implícitamente revelado en la Escritura, y que está más acorde con el honor y la dignidad de la Sagrada Humanidad del Verbo, como Trono inmóvil de Aquel “por Quien fueron creadas todas las cosas”. No tiene la menor importancia que se crea (pero en sí incomprobable) que el Universo creado sea más o menos dilatado: Dios creó y puso a la Tierra como centro inmóvil y en ella creó al hombre ni por casualidad ni por azar, sino con un fin previsto y querido desde toda la eternidad. Cuando Dios -en Sus eternos designios- decretó hacer la Creación -por la Encarnación-, ¿por qué quiso crear unos seres racionales capaces de poseerlo eternamente, colmándolos de felicidad imperdible mediante Su Verbo Encarnado? Porque Adán fue creado y elevado a “imagen y semejanza” suya. Ningún otro “Modelo” en la Mente Divina sino Aquel a Quien mostró a Moisés. y le dijo que hiciera todo según este Modelo El Verbo Encarnado.
Lo que sabemos es que esta es la realidad. Por tanto, la Tierra ha sido creada
para Jesucristo, al igual que todos los habitantes de ella, para que a través
de El tuviéramos “acceso al Padre”. El Verbo Encarnado es siempre “el primero”
en ser pensado en toda la obra de Dios “ad extra”. Es el “Súmmum Opus Dei” en
la Creación. No se puede concebir que el Rey por Quien “fueron creadas todas la
cosas que existen, las del cielo y las de la tierra”, como punto central en el
orden natural y en el orden sobrenatural, esté asentado en un Trono errante en
el espacio y girando en torno a una estrella cuya finalidad es servir a la
existencia humana.
Se ve en la teoría heliocéntrica el deseo de quitar a Jesucristo de en medio,
sería el “Sol” el centro del Mundo creado y no la tierra, el Trono inmóvil del Hijo de Dios, donde habitamos los únicos seres creados y dotados de alma inmortal y con capacidad de elevación
sobrenatural, cuya dignidad es insuperable, porque fuimos creados y elevados
para Dios por Jesucristo, el Hombre-Dios. El Mundo creado es finito, no existió siempre, es obra de Dios Creador y tiene un fin
determinado. Nada será destruido pero todo será transformado, y así
como por el Verbo Encarnado, Dios restauró el orden perdido, restituyendo al
hombre la vida sobrenatural, depositada en la Roca Inamovible de Su Reino, que
es la Iglesia, así al final de los tiempos decretados en Su Sabiduría, la
Iglesia, Su Reino transformado a su Venida, será el germen o la “levadura” que
transformará el Universo: “Cielos nuevos y tierra nueva” dicen San Pedro y San
Juan., porque la Iglesia existe en el mismo decreto de predestinación de
Jesucristo y nunca acabará. Y tanto la Iglesia como la Tierra pregonan el
atributo divino de la Inmutabilidad.
Dios creó sólo lo que eternamente quiso crear .
Lo que está revelado es lo que basta y sobra para salvarse…y eso está expresado: es el
Depósito de la Fe. No existe contradicción. La Iglesia JAMÁS ha enseñado que alguna estrella tenga más importancia que la Tierra, ni el
evolucionismo de las especies, ni que exista el espacio exterior ni ninguna mente
superior a la del hombre, salvo la del Ángel. Y esto es así porque Dios ha mostrado Sus intenciones
eternas al hacer la Creación: la predilección divina se manifiesta hacia la
Tierra: eternamente la pensó y la quiso
crear desde toda la eternidad, para que fuera el lugar donde habría de nacer SU
HIJO: El Verbo Encarnado, y según ESTA “imagen” creó al hombre racional elevado
al orden sobrenatural, haciéndolo “semejante” a Aquel por quien todo hombre
pudiera tener “acceso al Padre” : “Nadie va al Padre sino por Mí”, es “el Único
que tiene palabras de vida eterna”. ESTO es lo que sabemos por Revelación, y es
lo que verdaderamente tiene importancia. Lo que nosotros afirmamos es por una
simple razón de dignidad hacia la Sagrada Humanidad del Verbo, a través de la
cual los Bienaventurados “ven” la Esencia Divina, según aquello de “quien Me
vea Mí, ve al Padre”, no sólo por inseparabilidad de Esencia, pues ES un solo
Dios, sino que es por Su Humanidad inseparable del Verbo -que tuvo existencia
en el seno de la Virgen Nuestra Señora, pero pensada y querida en Dios desde
siempre- para manifestar en Cristo las insondables riquezas que Dios tiene
reservadas, “en Quien los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están
todos escondidos” (Colosc.II,3): “el misterio de Su Voluntad…: reunirlo TODO en
Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra…Y todo lo sometió bajo Sus pies,
y lo dio por Cabeza Suprema de todo a la Iglesia, la cual es su cuerpo…” (cfr.
Efesios cap. I) Ya vemos aquí la indisolubilidad que existe entre Cristo y la
Iglesia. El deseo en la oración de Jesucristo “que todos sean uno, oh Padre,
como Tú estás en Mí y Yo en Ti”, es lo que crea en el tiempo lo eternamente pensado: la Iglesia. Cualquier tipo de
vida racional,
necesita como condición para “ser uno” con Cristo en Dios, a la Iglesia
Visible. Para salvarse e ir al Cielo se necesita el Bautismo depositado en la Iglesia, fuera dela cual nadie se salva. No se ve otra razón, ver el Génesis, que, el sol, la luna y las estrellas
no sean otra cosa que ornamentación bella y armónica del lugar que
Dios quiso que fuera el Reino de Su Hijo donde los hombres, únicas creaturas
racionales en el Mundo creado, así como los ángeles en el Cielo, conocieran amaran y sirvieran a Dios con el
fin de gozar eternamente de Él. No parece -ni es- digno absolutamente que el lugar
preconcebido en la Mente Divina y creado para Su Hijo -primera intención divina
de la Creación- fuera una roca errante y “alocada” girando sin parar, cuando la
misma Escritura dice todo lo contrario. El Geocentrismo -no digo la tesis, sino
la realidad- es consecuencia del Cristocentrismo. Si Dios no hubiera pensado en
Jesucristo, no hubiera hecho la Creación del Mundo Universo.
Hay que tener en cuenta que de la interpretación LITERAL o ALEGÓRICA del
capítulo XX del Apocalipsis, CAMBIA la visión de la Redención, por eso
predicamos el Cristocentrismo .Lo cual significa que constituye este capítulo,
junto con los últimos de la Profecía, el punto a donde se dirige TODO el Dogma
Católico, y entender mal o bien estos capítulos: La Parusía, el Juicio
Universal, la transformación del cielo y de la tierra (La “Nueva Jerusalén” que
desciende de parte de Dios: a lo que ya Jesucristo hace alusión en el período
de Filadelfia (el nuestro), como premio de pertenecer a Ella a los vencedores
(de las “Bestias”)que permanezcan fieles, es de suma importancia.
Evidentemente -y hay que decirlo- no existe la expectativa de estas cosas de la
misma manera que la tenían los primeros siglos de la Iglesia, y se ha ido
enfriando al punto que un Concilio debió ORDENAR que el Apocalipsis debe
predicarse desde Pascua a Pentecostés con sentencia de excomunión: IV de
Toledo, año 633. Desde que yo tengo uso de razón no recuerdo que el cura de la
parroquia predicara el Apocalipsis, y muchos -escuchado por mí mismo- decían
que era ininteligible y que a uno lo podía volver loco. ¡Así nomás! Entonces al
no haber el hábito de la lectura y de la meditación de la Profecía sobre “las
cosas que han de suceder pronto” las cuales fueran selladas en tiempo de
Daniel, se abren para nosotros en San Juan, El Apocalipsis es la Historia de la
Iglesia -sobre todo vista desde el final – y se desarrolla en él la última
semana de Daniel, se comprende perfectamente y no va contra ningún Dogma lo
que para los primeros tiempos era cosa común y de todos los días: la espera
gozosa en gloria y majestad de Cristo-Rey y la instauración de Su Reino.
Como es notorio, la ausencia y la ignorancia -sin ofender a nadie- de estas
cuestiones nos han llevado a la suplantación oficial de la Iglesia Católica por
la secta usurpadora instalada en el Vaticano, y la inmensa mayoría -casi todos- “se han tragado la iniquidad como
el agua” lo cual terminará en la aceptación mansa y tranquila de la “marca” de
la Bestia rindiéndole culto de latría.
Sacando a Jesucristo del medio, es decir CREER que el centro de la creación es
el hombre y su reintegración en el plan divino a causa del pecado por el cual
Dios tuvo que CAMBIAR su plan “A” y mandar a Su Hijo para que haga el plan “B”,
es una locura impía que raya en la herejía, porque niega la inmutabilidad
divina, y constituye a Jesucristo (y a Su Madre) en seres de pura ocasión.
La Historia de Satanás se resume diciendo que ha querido suplantar en la
Historia del hombre sobre la tierra, a Jesucristo, el Hijo de Dios Encarnado,
Rey de reyes y el Único Señor. Siempre Jesucristo es Principio, Medio y Fin de
todo en la Creación de Dios. Predicar el Apocalipsis es predicar que Cristo es
Rey, y que para eso nació, y que hubiera nacido igual si Adán no hubiera
pecado, porque toda la Creación está orientada a Él, y fue constituido en
CENTRO.
El Apocalipsis señala a Jesucristo como Rey Inmortal, viniendo en Su Parusía a
tomar posesión del Reino preparado por Su Padre desde toda la eternidad.
¿Alguno se preguntó
alguna vez por qué la Iglesia manda predicar el Apocalipsis justamente desde
Pascua a Pentecostés? ¿Por qué no en otra fecha? ¿No es lo mismo?
En las cosas de Dios nada es por azar. Y aunque siempre y en cualquier ocasión
se puede hablar, inquirir y estudiar la Profecía, sin embargo, PREDICARLA desde
el púlpito es revestirla de solemne majestad. Entonces digamos la razón del
mandato. Y sucede que históricamente, luego de la Resurrección de Nuestro
Señor, cuando se les aparece a los Apóstoles, no como un fantasma, sino con Su
Cuerpo Glorificado, pero al punto que podía ser tocado, por eso le dice a Santa
María Magdalena “no me toques”, y a Santo Tomás (que no creía) le manda meter
sus dedos en Sus llagas, y aunque sin necesidad, come con ellos pan y pescado.
Todo esto atestiguado por los Evangelios. Y como no había sido antes, ahora
–luego de resucitado- le preguntan si es tiempo de instaurar Su Reino. Entonces
el Señor Jesucristo les comienza a explicar las bases de Su Reino, y les habrá
explicado la parábola del grano de mostaza, la de la mujer que pone levadura en
la masa para que se fermente, etc., y así durante cuarenta días, diciéndoles
que vendría el Espíritu Santo a hacerles entender lo que todavía no entendían y
a corroborarlos en la Verdad. Quiere que San Pedro ratifique por tres veces su
amor a Él y le da la plena jurisdicción de Vicario sobre toda la Iglesia, la
cual ya en el mismo día de Pentecostés comienza a germinar la “semilla de
mostaza” y a “fermentar la masa” tan solo con el primer sermón de San Pedro.
Los Apóstoles sabían que el “reino” iba a crecer indefinidamente y que no
acabaría, tal como le había anunciado San Gabriel a la Inmaculada. Llegó el día
de la Ascensión –cuarenta días después de Pascua- y los Ángeles les dicen a los
Apóstoles que, así como le vieron subir –es decir lleno de gloria y majestad,
poseedor de todo poder en el cielo y en la tierra, Señor y Rey para estar a la
diestra del Padre- de la misma manera lo verán bajar, cuando su Reino parezca
extinguirse y el Misterio de Iniquidad haya llegado al colmo en medio de la
Gran Apostasía e imperando tiránicamente el “Otro”, el Inicuo, el Adversario,
el Anticristo. Y entonces permanentemente sonarían en los oídos de los Apóstoles
y de los cristianos de todos los tiempos, pero sobre todo los del final: “No os
dejaré huérfanos”. Sin acabar el primer siglo de la Iglesia, Reino de Cristo en
plena expansión- Jesucristo le revela a San Juan el devenir del Reino y el
desenlace final con los poderes de este Mundo guiados por el Dragón. Entonces
San Juan con palabras indescriptibles escribe la Magnificencia, la Majestad y
la Gloria del Pantocrátor, que vuelve –como lo había prometido- a sus Bodas
reales con su Esposa y restaure Su Reino –transformado: “no todos moriremos,
sino que algunos seremos transformados para volar al encuentro de Cristo en el
aire” dice San Pablo- Reino de justicia, de paz y de amor, en esta misma TIERRA
donde recibió la más grande humillación en Su Pasión y en Su Cruz, “y todos
verán al que traspasaron” coronado Rey de la Tierra creada para El.
La
transformación de Su Reino no es substancial, porque es el mismo, solo que
exultante de gloria y triunfal, formado por los resucitados y los transformados
–sin ver la muerte- como dice San Pablo, junto con los que queden vivos a la llegada
de la Parusía: unos, los impíos e incrédulos e impenitentes de los que no
quedará ninguno durante el Reinado de Cristo. Otros los que por debilidad y
miedo, aunque no por perversos –que será los más abundantes: hoy vemos las
masas enteras de cristianos que han sucumbido a la Apostasía- hayan recibido la “marca”
o adorado la imagen de la Bestia, pero viendo su derrota, y habiendo recibido el testimonio de los Dos Testigos, se convierten y hacen
penitencia: el antiguo pueblo y gentiles, y ellos y sus descendientes constituirán la
Iglesia de los viadores, Reino de Cristo, quienes solo tendrán que luchar
contra su propia naturaleza, pues el Diablo estará encadenado en el Infierno y el
mundo-mundano quedó destruido: ni Anticristo ni Falso Profeta. Y otro grupo de
hombres, los que “conservaron Su Palabra y no negaron Su Nombre”- quienes serán
los transformados y arrebatados al encuentro de Cristo. Y de estos –los
viadores, los transformados y los resucitados- formarán el Reino Temporal de
Cristo, Quien del mismo modo –habiendo antes acabado con el Anticristo y el
Falso Profeta- estará con la Iglesia como antes lo estuvo con los Apóstoles
luego de Su Resurrección.
Esto creían los Padres de la Iglesia…. El Credo de Nicea no se opone a esto,
sino que lo incluye. Y acabado ese tiempo post-parusíaco, sigue el Juicio Final
o definitivo, y el comienzo de “cielos y tierra nuevos” por la gran
conflagración que habla San Pedro, y, por tanto, la eternidad.
Con estas
consideraciones los primeros cristianos aumentaban su Esperanza y ansiaban ver
el glorioso día de Cristo Rey.



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