DISPOSICIONES DIVINAS
JESUCRISTO, LA IGLESIA CATÓLICA Y EL PAPA
Debemos decir que Jesucristo, cabeza invisible de la
Iglesia, tiene su plenitud en la Iglesia (Ef. I,23) de la que nunca está
separado, está con la Iglesia tanto como está a “la diestra del Padre”, y la
Iglesia recibe de Jesucristo todo lo que es y todo lo que recibe. Pero la
Iglesia no es una multitud informe. Es un Cuerpo organizado y vivo, cuya fuente
inagotable de vida y existencia es el mismo Jesucristo, de quien, recibida la
Verdad y la Fe, es trasmisora fecunda para dar testimonio del Verbo
consubstancial del Padre, de Quienes procede el Espíritu Santo, para que
bautizando a las gentes en Nombre de la Santísima Trinidad puedan obtener la
salvación eterna recibiendo, por Ella, los frutos y méritos infinitos de la
Pasión y Muerte de Jesucristo.
La Iglesia es “una sociedad perfecta”, substancialmente
inalterable, o sea, que de la misma manera que fue pensada y querida desde la
eternidad, y fundada en el tiempo, por el Verbo Encarnado, siempre es la misma,
“sin sombra de alteración.”
Dice Jesucristo que “El hace las obras” de Su Padre, y que
las hace “como al Padre le agrada”, y que, así como ha visto, así El las hace.
El Verbo es engendrado por el Padre por vía intelectual, la Iglesia es
engendrada, primeramente, en la Mente divina y siempre asociada con el Hijo, de
esta manera cuando Jesucristo funda la Iglesia lo hace como vio hacer al Padre,
porque, así como el Padre engendra, pero no es engendrado por nadie, así la
Iglesia es engendrada por el Hijo, y ya nadie podrá fundar o crear una Iglesia
distinta a la salida de las Manos de Jesucristo, pues es perfecta, como todas
las obras de Dios. Nada sobra, nada falta.
Y lo que nos interesa en este punto y que desde ya
vislumbramos, es la constitución jerárquica que Jesucristo quiso que tuviera
hasta que Él entregara “el Reino al Padre”, es decir, que esta forma nunca
puede ser alterada sin alterar las disposiciones divinas, pues esta es la
Voluntad de Aquel que la creó y de la cual tiene absoluto derecho. Nunca nadie
podrá tener la remota posibilidad de ordenar de distinta forma estas
“disposiciones” porque ellas mismas gozan del atributo divino de la
inmutabilidad, pues es obra de Dios, no de hombre.
De este modo la Sabiduría divina dispuso que en la Iglesia
hubiera pastores y ovejas, y sobre todos ellos, de forma singular, creó a Su
Vicario –asumiéndolo a Sí Mismo como instrumento- para gobernar, enseñar y
santificar a toda la Iglesia, cuya institución Lo hace visible para siempre
–luego de Su Ascensión- aquí en la tierra, siendo su representante, instrumento
y órgano, de quien siempre se servirá para hablar y obrar visiblemente. Y
aunque no creemos que esta institución de Su Vicario acabe con la Parusía sino cuando Jesucristo entregue Su Reino al Padre,
mucho menos sostenemos que pudiera estar vacante la Sede en algún
tiempo de la Historia de manera perpetua, salvo en los tiempos de interregno mientras se elige al
Sucesor. En las actuales circunstancias que atraviesa la Esposa de Cristo,
enfrentándose a la Apostasía constituida en Religión Idolátrica, y formado un cuerpo social anticristiano mundial,
pereciera inverosímil que la Voluntad inmutable de Cristo haya variado en esta
circunstancia histórica y no le hubiera avisado a la Iglesia que sus deseos
fueran distintos a que Ella fuera gobernada por un Vicario.
La Iglesia es un
“misterio de unidad” (San Pedro Damiano), y es su mismo centro, al punto que si
se perdiera el centro habría dispersión, y afectaría a la necesaria y visible
unidad de la Iglesia, pero, la multiplicidad o pluralidad normal de Iglesias
particulares regidas por un Obispo, en nada podrían alterar este “misterio de
unidad “junto con su centro, fuente y cabeza de donde procede la comunicación
de su poder y su fuerza, constituyéndose así en reflejo análogo de las
inmanentes procesiones divinas, donde todo tiene un principio y un término. Así
en la Iglesia emana la unidad como de origen natural y deseado por Jesucristo,
desde el centro, y es su causa y principio. Para ser más claros: el principio
de origen de la unidad es quien la contiene como Fuente: el Papa.
En las procesiones en la Iglesia, para ser reflejo de las
divinas, siempre han de estar llenas de vida comunicada desde el centro de la
unidad hacia afuera hasta los puntos más alejados, pero manteniendo la única
unidad que la mantiene en vida, recibiendo y comunicando la vida sobrenatural a
toda la Iglesia. Sin esta relación de procesión se acaba la unidad, porque se
destruye su principio. Faltando el principio de manera permanente, ya no se
puede recibir su influencia y se diluyen en pequeños corpúsculos sin vida,
porque Jesucristo y Su Vicario, como Cabeza única, es el principio y vínculo de
unidad.
Elección y aceptación
En efecto, “la aceptación de cualquier electo” en la Iglesia
siempre la recibe el Superior inmediato, que, en el caso de un designado por
los electores, es recibida por Dios mismo, una vez habido el consentimiento del
candidato al cargo. Los electores solo tienen la finalidad de designar. “La aceptación
del electo” una vez confirmado en el cargo por Dios mismo, es condición
indispensable para seguir siendo católico pues “la sujeción al Soberano
Pontífice es de necesidad para salvarse”.
En circunstancias normales y pacíficas, el deber “sagrado y
urgente” de elegir un Pontífice lo tenía por derecho el Cuerpo Cardenalicio, el
cual derecho no es divino, pues siempre en la Iglesia hubo diversas maneras de
elegir al Papa. Sabido es que la Ramera, Madre de las abominaciones de la
tierra, ha reemplazado los Rituales de Ordenación y Consagración para conferir
el Orden Sagrado, invalidándolos, a lo que se sigue que a estas alturas ya no
existe un Cuerpo Cardenalicio católico, sino unas comparsas sin ninguna
autoridad. Conocido es el canon 188.4 que sintetiza la Bula de Paulo IV “Cum ex
Apostolatum”, en el que, por adhesión a la herejía, se pierde “ipso facto” y
sin necesidad de declaración alguna cualquier cargo y jurisdicción que se
tenga. Sabido es que la Ramera ES esencialmente la propagadora de la herejía,
luego no existe en ella autoridad alguna que pueda adjudicarse.
La Iglesia Católica
al encontrarse sin Cabeza Visible, frente a esta Apostasía generalizada constituida en Cuerpo
Místico del Anticristo, ¿no posee acaso los medios
necesarios para darse a Sí misma un legítimo Sucesor?
No habiendo Cuerpo Cardenalicio, ¿no existen acaso Obispos
válidos para que, siguiendo la Doctrina y la Leyes, puedan reunirse y elegir un
Soberano Pontífice? ¿Qué es lo que lo impide? ¿Acaso la Doctrina o las Leyes?
Ya sabemos que no. Existen estudios de sobra para aquellos que quieran entender
que el Vicario de Cristo es de “necesidad de medio para salvarse” y que por
tanto es un “deber sagrado y urgente” que no se puede eludir.
Por tanto, son los Obispos remanentes sobre los que
recae como DEBER hacerlo, pues nadie ha dicho que la Iglesia Católica llegara a
la Parusía sin Cabeza Visible.
Una de dos: o estamos en los últimos tiempos o no lo
estamos. Nosotros solamente podemos conocer los signos de esta proximidad, pero
ni una cosa ni la otra autoriza a nadie para contravenir las disposiciones de
Jesucristo ni las de la Iglesia, que quieren que siempre haya un Pastor
Supremo, salvo que los detractores crean que las puertas del Hades, es decir las
herejías, pudieron acabar con la Iglesia Católica, en contra de las mismas
Palabras de Jesucristo que enseña no pueden prevalecer contra ella.
La disyuntiva es simple. No existe ninguna Doctrina ni Ley que impida en ningún tiempo proveer a la Iglesia de un Sumo Pontífice. Entonces los que se oponen o bien creen que están viviendo en el Cielo, donde no hay necesidad de Papa, o se niegan a aceptar que una elección es posible, negando las Promesas de Jesucristo.
Ninguna otra opción
es válida.



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