CRISTOCENTRISMO
JESUCRISTO, AYER, HOY Y POR LOS
SIGLOS
(Hebreos
XIII,8)
Aquél que ama
nada quiere con más vehemencia que la gloria del amado. Nosotros amamos a
Jesucristo, por eso queremos su gloria.
Según
este principio, pues iniciamos este escrito.
Así
como el conocimiento es la medida del amor, así el amor es la medida de la
gracia y de la gloria. Nuestro Señor Jesucristo enseña que “la vida eterna es
conocerte a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” 1
Pero
como la vida eterna es incoada en la vida temporal por la Gracia Santificante,
es por eso que con la ayuda de la misma Gracia intentamos el conocimiento de
Cristo Jesús, sabiendo, sin embargo, que, “aunque el hombre se convirtiera todo
en lenguas, jamás podría tratar suficientemente de Cristo”2, objeto
único de las complacencias del Padre Celestial, centro y razón de nuestra
existencia, objetiva y subjetiva.
Por
esta razón hago mía la exclamación vehemente de un alma enamorada:
“En
la glorificación del alma de Jesucristo, me excederé, y así lo quiero, más bien
por alabanza que por defecto”3 .
De
este modo, principiando con este deseo de escrutar y amar las inconmensurables
riquezas de Cristo 4 y con la firme voluntad de glorificar a
Jesucristo es como damos el primer golpe contra la herejía modernista: “cloaca
de todas las herejías”5, que lucha contra la persona de Cristo,
contra la Iglesia Católica, sus dogmas, su moral, sus sacramentos y su
liturgia; herejía que trabaja para destruirla.
Por
eso, para combatirla no hay arma más eficaz que hacer “lo diametralmente
opuesto” como dice San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios. El modernismo
predica la exaltación del hombre hasta su divinización;
nosotros proclamamos la exaltación de Jesucristo.
En efecto, el fin de esta herejía es
la divinización del hombre. Esta
doctrina no es otra cosa que la adulteración y perversión del verdadero
cristianismo, a quien odia mortalmente. Ha trabajado para entrar en la Iglesia
y trabaja para demolerla a través de tantos monstruos con máscaras de hombres
piadosos, me refiero a “Obispos” y “sacerdotes” profetas de la nueva Cristiandad al estilo de
Lamennais y Maritain, que procuran que todo lo sagrado desaparezca, destruyendo
el orden sobrenatural y contribuyendo activamente a la aparición del Hombre de
pecado el Anticristo.
1.
San Juan XVII, 3
2. San Buenaventura, “ Comment in Ioan., proemi g. I ad
2”
3.
Beato Juan Duns Escoto, “Lecciones Parisienses”
4.
Cfr. Efesios III,9
5.
CFR. Encíclica “Pascendi” de San Pio X
La Revelación nos da algunas
señales que caracterizan a este personaje:
1.
La negación de Jesucristo como Salvador
y como Dios.
2.
Su propia erección como salvador de los
hombres.
3.
Se hará dios a sí mismo.
4.
Combatirá a la verdadera Fe Católica y a
los verdaderos cristianos
Por otra
parte, esta doctrina –enseñada por “obispos” y “sacerdotes” (1) infectados de
la peste modernista- no reconoce a Jesucristo como Dios y Rey, y por tanto no
hace más que preparar el terreno para la aparición del Anticristo, ablandando
las conciencias y disponiéndolas para aceptar “en sus manos y en sus frentes la
marca de la Bestia”6 . Y que el Anticristo aparecerá está revelado7.
Las tres
últimas señales son la consecuencia inmediata de la primera negación.
La
reacción, entonces, es la de trabajar y morir en la proclamación y defensa de
la Realeza Divina de Nuestro Señor Jesucristo. Proclama que debe ser hecha con
la voz y con la vida.
Nosotros
predicamos la Primacía absoluta y universal de Nuestro Señor Jesucristo en el
orden natural y sobrenatural, o sea, a Jesucristo como Principio, Centro y
Causa Final del Universo; doctrina que está contenida implícitamente en la
Revelación.
Con esto
procuramos destruir y arrancar de
raíz el obstáculo que impide que Cristo reine, es decir, la doctrina delirante
elaborada por los teólogos modernos8, aceptada y enseñada en
universidades y seminarios. Esta locura impía comenzó en el Paraíso con la
prevaricación de Adán, se ha mantenido; ahora se la predica abiertamente y
tendrá su término con la aparición del Anticristo, “a quien el Señor Jesús
destruirá con el aliento de su boca”9 .
Esta
doctrina es el antropocentrismo teológico, es decir, el hombre considerado como
punto central de la creación.
Nuestra
doctrina es Cristocéntrica. Predicamos a Jesucristo puesto en el comienzo de todas
las vías de Dios “ad extra” es decir, fuera del seno de la Trinidad; según
aquello del Evangelio de San Juan: “Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida, y nadie
va al Padre sino por Mí”10.
(1)
Entre comillas porque desde 1969 debido
al cambio de Ritual de Ordenación Sacerdotal y el Consagración Episcopal, no
hay ni sacerdotes ni obispos válidos en la Ramera idólatra y apóstata. En un
próximo artículo mostraremos el desarrollo de la Gran Ramera promotora y
propagandista de la Gran Apostasía predicha por San Pablo y presentada por San
Juan en la Profecía del Apocalipsis.
Consideraciones Previas
Antes de
presentar nuestra doctrina haremos algunas consideraciones.
En el
seno de la Iglesia existen dos doctrinas que explican por razones diversas la
Encarnación del Verbo de Dios.
6.
Apocalipsis, XII, 16-17
7.
Cfr. II Tesalonicenses II, 3 y 35
8.
Cfr. Cornelio Fabro, “ La aventura de la Teología
Progresista”, primera parte, I-IV.
9.
Cfr. II Tesalonicenses II,8
10.
XIV, 6
Ninguna
de las dos ha sido definitivamente aprobada, sobre la cual caiga una definición
“ex-cathedra” del Magisterio. No obstante, y por razón de no ser ninguna de ellas
dogmas de Fe Católica, las dos son igualmente enseñadas libremente en las
escuelas católicas.
1.
Una de ellas concentra su aplicación
sobre el rescate del hombre culpable y su reintegración en el plan divino por
el misterio de la Redención.
2.
La otra, que es la que nosotros
predicamos, no nueva, por cierto, sino extraída de los Santos Padres de
Oriente, o sea, de la Tradición; y de la Sagrada Escritura. A ella se han
adherido después del siglo XIII una cantidad ingente de teólogos, pensadores,
oradores y escritores católicos.
Desarrollo de la Tesis Cristocéntrica
La doctrina de
la Primacía Absoluta y Universal de Jesucristo está tomada de la Sagrada
Escritura –especialmente de San Pablo-, de toda la Tradición patrística y
teológica de oriente; de una gran mayoría de la Tradición latina; y
especialmente de la tradición franciscana, inspirada en el espíritu y en la
letra de San Francisco de Asís.
“Y el Verbo se
hizo carne y habitó entre nosotros”11.
Esta simple
frase es el dogma central de nuestra Fe. El Verbo, la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad, asume la naturaleza humana. Pero, ¿cómo es esto posible?
Dijimos que la
Encarnación es un misterio de Fe, o sea que supera la luz natural de la razón
humana; lo cual significa que, sin la Fe, virtud sobrenatural infundida por
Dios en el alma, esta afirmación “Dios se hizo hombre”, es impensable.
Lo creemos
porque es el mismo Dios que lo ha revelado, el Cual no puede engañarse, siendo
como es la infinita Sabiduría; ni engañarnos, siendo como es, la Suma Verdad.
Es decir, que
tenemos Fe no porque entendamos sino porque asentimos bajo el imperio de la
voluntad, a una verdad revelada por Dios. Es decir que creemos apoyándonos en
la autoridad de Dios que revela; de este modo, siendo Dios el objeto y la causa
de la Fe, el asentimiento que presta la razón humana a una verdad sobrenatural,
es más cierto que un cálculo matemático porque se apoya en la autoridad de Dios
y no en el conocimiento percibido por la luz natural de la razón.
De modo que
cualquiera que negara un solo artículo
de la Fe, perdería “ipso facto” la Fe, en toda su
universalidad o extensión, o sea en
todas las demás verdades reveladas por Dios. Dejaría de ser católico.
Y esto es así
porque el que niega un artículo de la Fe deja de apoyar su razón en el motivo
formal de la Fe, que es la autoridad de Dios que revela, para aceptar o
rechazar lo que, según su propio criterio, o capricho, considera que debe ser
creído.
Ese tal que así
hiciera debe ser llamado hereje por haber perdido enteramente la Fe Católica.
Pero como toda herejía parcial coincide con la apostasía general de la Fe
11. San Juan,
I, 14
-por haber rechazado el motivo
formal, que es la autoridad de Dios que revela- es por eso que con toda
justicia debe recibir el apelativo de apóstata.
Los
propagadores de la nueva religión antropocéntrica e idólatra propagada por la Ramera,
sean obispos, sacerdotes o simples fieles que no creen, por ejemplo, en la
divinidad de Jesucristo, que es dogma de Fe, han apostatado de la Fe Católica.
Cualquiera
que enseñe una doctrina contraria a la Revelación, a la Tradición y al
Magisterio de Siempre de la Iglesia, sea abierta, sea escondidamente a través
de escritos o sermones, se ha convertido en “lobo” y “falso profeta”, enemigo
de Jesucristo y de su Iglesia.
Volviendo
a lo nuestro, la Encarnación del Verbo, por haber sido revelada por Dios, no se
discute, se cree o no se cree y punto.
Pero
guiada nuestra razón por la luz de la Revelación, puede penetrar en el misterio
sin desviarse. Con la ayuda de Dios eso es lo que haremos.
Conveniencia de la Encarnación
Antes
que nada, preciso es decir algo sobre la conveniencia en sí misma de la
Encarnación, o sea si repugna o no a una Persona divina asumir en unión
personal una naturaleza humana.
Pues
bien, la teología enseña que esta conveniencia existe en la naturaleza divina,
pero no en la humana que la desborda y trasciende totalmente. Es decir, que
nada impide en la esencia divina que una de las Personas asuma una naturaleza
humana, por el contrario, siendo Dios la Bondad Infinita, y siendo la propiedad
del bien el difundirse, la Encarnación es la suma difusión de la Bondad y
Perfección divinas comunicadas a la naturaleza humana de Jesucristo por la
Persona Divina del Verbo. La Encarnación constituye el modo supremo de la
comunicación de Dios a la creatura.
Asumiendo
el Verbo la naturaleza humana no queda por ello ni disminuido ni pierde ninguna
de las propiedades divinas. Todo lo contrario. Quien sufre la acción asumente
es la naturaleza humana elevada a existir y subsistir en la misma subsistencia
y existencia del Verbo12. Así, Jesucristo, siendo verdadero y
completo hombre, es verdadero Dios.
Esto
lo han negado todas las herejías cristológicas, unas contra la divinidad de
Jesucristo y otras contra su Santa Humanidad.
Negaron
su divinidad los Ebionitas, los Cerintiano (a), Pablo de Samosata y los
Fotinianos.
Negaron
la realidad de su cuerpo humano los Maniqueos y los Valentinianos.
Negaron
la realidad de su alma humana los Apolinaristas y los Arrianos.
Por su parte Orígenes sostuvo que
el alma de Cristo fue creada antes del mundo.
Erraron
acerca de la unión de las dos naturalezas Teodoro de Mopsuesta y Nestorio.
Eutiques
predicaba que Jesucristo tenía una sola naturaleza.
Macario
de Antioquía sostenía que en Jesucristo había una sola voluntad y operación.
(a) Cerinto
fue quien creó y propagó la herejía condenada por la Iglesia del Milenarismo
carnal o craso.
12.
Cfr. Todo el capítulo 49 de la “Suma contra
Gentiles” de Santo Tomás, Libro IV
Algunos dijeron que la unión de las dos
naturalezas divina y humana es accidental; otros que es esencial…
Y así estas herejías con mayores o
menores matices se fueron repitiendo a lo largo de la historia de la Iglesia y
han llegado a nuestros días en que el progresismo las ha revivido.
La Teología Católica enseña que la
Encarnación es la singular y admirable unión –indivise, inconfuse, inseparabiliter,
immutabiliter-13 de las naturalezas divina y humana en la Persona
única del Verbo, por cuya causa existe Cristo Jesús.
Esta unión de naturalezas es substancial
(DE FE)14.
No es esencial o monofísica.
Es unión personal –hipostática.
Muchos de los catecismos aprobados
oficialmente por la Ramera idólatra y apóstata propagan el error. En ellos la
Divinidad de Jesucristo está sutilmente diluida, pero también su Santa
Humanidad es rebajada, porque es a través de Ella que el Verbo de Dios se
sirvió como instrumento unido a su divinidad para hacer la Redención.
Si Jesucristo no es Dios, entonces es un
pobre tipo y la raza humana no quedó redimida por el Sacrificio de la Cruz.
Toda esta perversa enseñanza, más o
menos disfrazada con ropaje de piedad, abre las puertas a la “abominación de la
desolación” predicha por Nuestro Señor Jesucristo y por el profeta Daniel; es
decir a la divinización del hombre en la persona del Anticristo, gracias al
trabajo de propaganda de la herejía progresista y por el cristianismo
adulterado por obra de la Ramera y su jerarquía anticatólica.
Decíamos que Jesucristo es Dios y
Hombre, que tiene dos naturalezas unidas substancialmente en la Persona del
Verbo, la Segunda de la Santísima Trinidad, pero… ¿Dios tenía poder para hacer
esto?
Para Dios todo es posible, menos lo
imposible, o sea, lo que en sí mismo encierra contradicción metafísica, por ejemplo,
un círculo cuadrado o que la parte sea mayor que el todo. Y esto no porque Dios
no tenga poder para hacerlo, sino porque no puede ser hecho de ninguna manera.
Pero la Encarnación no encuentra ninguna
clase de contradicción ni en la naturaleza divina ni –menos- en la humana, por tanto, Dios podía hacerlo y
de hecho lo hizo: “Y el Verbo se hizo carne…”
La asunción de la naturaleza humana no
rebaja la grandeza de Dios, sino que la aumenta, manifestando así
admirablemente su Omnipotencia, Sabiduría y Bondad, otorgando a la naturaleza
humana la máxima perfección, lograda en la unión hipostática, la unión más
estrecha y real que pueda darse, pues es unión substancial con una Persona
Divina.
Sin embargo, no parece que la perfección
de la naturaleza humana sea la razón última de la Encarnación, porque si así
fuera quedaría subordinado este bien inmenso a un bien minúsculo e inferior,
como lo es el hombre.
En efecto, “el fin es más digno y más
excelente que lo que está ordenado a ese fin y lo precede… Así Jesucristo no
está ordenado a nosotros como a su fin, sino que, por el contrario, somos
nosotros quienes estamos ordenados
13.
Denz. 148
14.
Denz. 114 – 115 – 259 - 261.
a
Él como a nuestro fin, pues la Cabeza no es a causa de los miembros, sino que
los miembros son a causa de la Cabeza”15 .
Siempre el ser imperfecto es a causa
del perfecto, y la parte menos noble a causa de la más noble16.
Por eso “causa causae est causa
causati”, la causa de una causa es causa de lo causado.
Luego, la Encarnación es querida por
Dios por sí misma, es decir por el Bien Infinito que ello significa.
De este modo, haciendo esta afirmación
no caemos en la mal formulada cuestión multisecular, a saber: “¿El Verbo se
habría encarnado si Adán no hubiera
pecado?”; porque pretender decir qué es lo que Dios habría hecho si Adán no hubiera pecado es jugar al
adivino.
La cuestión deberá formularse de
manera bien diferente si se quiere salir del orden de la mera hipótesis para
que pueda ser elucidada teológicamente.
La Tesis Cristocéntrica enfoca el asunto desde otro punto de vista:
En el pensamiento Eterno de Dios de la
Creación, ¿cuál es el Orden del
Universo?
En el universo querido y realizado por
Dios; en el orden inmutable de las intenciones divinas y de la Predestinación,
¿qué lugar ocupa Jesucristo?
En la respuesta a estas cuestiones
no hay lugar para hablar del “motivo”
de la Encarnación del Verbo, porque el mismo término es inexacto: un “motivo”
es la influencia exterior (ab extrínseco) sufrida por un agente. Ahora bien,
nada ni nadie puede mover la voluntad divina ab extrínseco.
Y esto es así porque Dios es eterno
e inmutable, por eso no cambia ni en su voluntad ni en su potencia, ni en su
ciencia, porque todo cuanto quiere, sabe y puede, eternamente lo quiere, sabe y
puede; de donde, como no hay movilidad o mutación alguna en la eternidad,
tampoco lo hay en la voluntad, en la ciencia ni en la potencia, luego nada
extrínseco a Dios lo puede “mover”17 .
En efecto, todo lo que Dios realiza
en el tiempo no es producto del azar ni de la necesidad, sino de la libérrima
voluntad divina, es decir, que Dios ha concebido, ordenado y dispuesto su obra
desde toda la eternidad en su mente, y eternamente ha querido hacer todo cuanto
hizo en el tiempo.
El orden existe en el universo, por tanto,
es inconcebible que ese orden no exista primeramente en el Pensamiento y en la
Voluntad de Dios.
Dios es la Causa de todas las cosas
por su Inteligencia, por tanto, la razón de toda creatura debe preexistir en
Él…, es necesario que la razón del orden de finalidad de las cosas preexista en
el Pensamiento Divino18 y como la causa final es la causa de las
causas, en definitiva, éste es el orden de las intenciones divinas, lo cual nos
da la llave del plan de la Creación:
“El Corazón humano de Jesús es la
intención primera de la Trinidad, que tiene en Él sus complacencias; el amor de
ese Corazón es la explicación del decreto de predestinación que constituye a
Jesucristo Causa Final secundaria, Razón de ser y Causa meritoria de todo el
orden de la naturaleza, de la
15.
San Buenaventura, III Sent. De 29, q,l et d.32, q.V
16. Santo Tomás, S. Th. I q.II, art. 3
17. San
Buenaventura, De Trinit. q. VI resp. art .I.
18. Santo Tomás, S. Th. I. q. 22, art. 1.
Gloria
y de la Gracia”19
Ahora bien, como
esta doctrina que abiertamente proclamamos es una tesis teológica es por la Teología que debe ser explicada.
En efecto, la
Teología tiene como objeto lo creíble en cuando inteligible. Es decir que no se
trata de demostrar “lo creíble”, porque si no se destruiría su objeto, o sea el
dato de Fe; por el contrario, se trata de hacer inteligible ese mismo dato
hasta donde alcance el poder de la razón iluminada por las luces de la Fe.
Y como la
primera iluminación de la razón humana es la Sagrada Escritura, es a Ella que
recurrimos –según el sentido literal, único válido para ser presentado como
argumento de autoridad - para probar que
la Primacía Absoluta y Universal de Nuestro Señor Jesucristo está contenida en
la Sagrada Escritura y que por tanto pertenece al depósito de la Fe.
No obstante,
pertenece al Magisterio Infalible de la Iglesia definir como dogma, es decir,
hacer explícito lo que está contenido implícitamente en la Escritura y en la
Tradición, tal como ha hecho, por ejemplo, en la proclamación de la Inmaculada
Concepción y en la Asunción de la Santísima Virgen María.
Con ello la
Iglesia no “inventa” dogmas nuevos, sino que aclara, explicita, para que sea
creída por todos los fieles cristianos, una verdad revelada por Dios y que se
encuentra en la Escritura o en la Tradición de una manera implícita, o sea que
la Iglesia por su autoridad misma que le viene de Jesucristo puede extraer de
depósito de la ´Fe una verdad y hacerla explícita comprometiendo en ello su
infalibilidad.
La doctrina sobre
la Primacía de Jesucristo no es dogma de Fe explícito, a pesar de estar
contenida en la Escritura y en la Tradición de toda la Patrística de Oriente y
parte de la de Occidente, por eso es que creemos firmemente que el único
remedio oficial contra la herejía generalizada del progresismo, se encuentra en
la proclamación infalible y dogmática de la Santa Madre Iglesia Católica
definiendo como dogma de Fe divinamente revelado la Primacía Absoluta y Universal
de Nuestro Señor Jesucristo, cuando un legítimo Sucesor e San Pedro ocupe la
Sede como verdadero Vicario de Cristo.
Dicho esto,
veamos cómo la obra más admirable y excelente de todas las que Dios realizó en
el tiempo, “ad extra” del seno Trinitario, es decir la Encarnación del Verbo,
“Summum Opus Dei”, pensada y querida desde toda la eternidad, jamás pudo estar
subordinada ni a la perfección de la naturaleza humana ni al rescate del hombre, sino a la manifestación gloriosa de la Omnipotencia, Sabiduría y
Bondad de Dios a través del Verbo
Encarnado y en el Verbo Encarnado, reuniendo en Él el tiempo y la eternidad, o
sea, haciendo a Jesucristo, Verbo Encarnado, Rey y Centro de todo.
“La intención
divina no fue de crear al hombre en estado de pura naturaleza o de pura
creatura, sino de elevarlo y salvarlo por intermedio del Verbo Encarnado. El
hombre, pues, fue querido en dependencia de Jesucristo. Quien fue querido en el mismo designio que la
sobreelevación de la naturaleza humana al orden sobrenatural”20 .
Y esto lo afirma
expresamente la Escritura. En la carta a los Hebreos se lee: “…dispuso (Dios)
todas las cosas en Él desde la eternidad, por Quien hizo también el mundo”21
.
19. Cfr. León Seiller, ofm., “ Jean Duns Scot, un docteur
des temps mouveaux”, preface.
20.
San Ireneo de Lyon, “Adversus haereses”, cap.V, 6 –
9 -10.
21.
Heb,I, 2.
Aquí se
descubre que la Mente ordenadora de Dios “gobierna y dirige toda la creación
para gloria de Jesucristo, parte por naturaleza y parte por gracia; parte
por justicia y parte por misericordia, de modo que
no deja en la creación ninguna cosa sin esta ordenación”22 .
“Dios ha
creado todo en Cristo. Éste es el Principio y Fin de la Creación Universal”23.
“El Ser
que tiene el primer lugar en la Creación estuvo desde toda la eternidad en la
intención de Dios. Dios lo predestina a la unión personal y, puesto que la
Persona misma de Cristo es superior a toda otra en el orden de la gracia, y que
este orden es superior al de la naturaleza, Dios, que conserva entre todos los
seres la jerarquía que Él mismo ha establecido, ha ordenado todos los seres a
Esta Persona para su gloria… Así, Dios crea la universalidad de los seres a fin
de que la naturaleza asumida, el Hombre Jesucristo, Dios mismo, reciba en digno
cortejo a todas las naturalezas creadas… Y para que a toda creatura razonable
Jesucristo le infunda y dispense sus gracias inefables”24.
Razón
por la cual “el Verbo Encarnado es la única razón de la existencia de todo ser
creado, la sola interpretación posible de toda la Creación, la sola Regla, la
sola Medida de toda obra de Dios ad extra.
“La luz
le la predestinación de Jesucristo es la única con la que debemos medir toda
vida, toda ciencia, toda historia, toda grandeza angélica, todos los destinos
humanos...
“La
Encarnación es la Causa de todo lo que hay de sobrenatural en el Universo.
“De la
Encarnación provienen los ministerios angélicos, las operaciones de la Gracia,
la eficacia de los Sacramentos y la historia de la Iglesia…
“A la
Encarnación pertenecen todos los tiempos porque de Ella proviene toda la
historia, toda la gracia y toda la gloria…
“Además,
así como la predestinación de Jesucristo ornamentó la eternidad antes de la
creación del mundo, de la misma manera su reino y su gloria serán
interminables”25.
Triple causalidad de
Jesucristo
Jesucristo
es el Principio y Fin de la Creación.
Es
principio porque es fuente y razón de ser de todo lo creado.
Es fin
porque todo está ordenado a Él.
El
corolario de la Primacía de Jesucristo es la triple causalidad segunda:
a)
Causalidad eficiente.
b)
Causalidad ejemplar.
c)
Causalidad final.
22.
San Buenaventura, “El árbol de la Vida”, fruto I.
23.
Tertuliano, “Contra Marción”, V. 6-7
24.
San Bernardino de Siena, “De Universali Regno et
Dominio Iesu Christi”, art. 1, cap. 2.
25.
P. Federico G. Faber. “Belén”, cap. I y V.
Desarrollaremos
un poco esta triple causalidad segunda, pero universal, que tiene Jesucristo
sobre todas las cosas.
En sí, es decir
absolutamente hablando, Dios hubiera podido crear seres o series de seres
autónomos; pero, de hecho, en el
mundo que nos descubren la razón y la Fe, las partes del mundo obran las unas
sobre las otras, y es debido a esas influencias causales que resulta el orden
del universo: “Las partes del universo están ordenadas unas a otras, según que
una obra sobre la otra como fin y modelo del otro”26.
Dios es
causa primera absoluta. Jesucristo, como Hombre, es causa segunda, y como tal
depende, al igual que toda creatura de la causa primera.
No obstante,
a pesar de este límite, la triple causalidad de Cristo constituye un privilegio único y el fundamento de una
gloria extrínseca inmensa.
1. Causalidad eficiente segunda pero
universal de Cristo
“Aquello
que es primero en un género
cualquiera, es causa de todo lo que
viene después”27.
“La
razón de una primacía en un género
es la razón de la existencia toda en
ese género”28.
Por
tanto:
a)
Cristo ha merecido la creación del
universo.
b)
Cristo es Santificador y Salvador de los
ángeles y de los hombres.
c)
La gloria de Jesucristo es el fin último
de la Redención.
2. Causalidad ejemplar segunda pero
universal de Cristo
“Siempre
lo que es más perfecto sirve de modelo a lo que es menos perfecto”29.
Esta
causalidad muestra a Cristo futuro pero presente en el Pensamiento del Creador,
como el modelo ante el artista que lo reproduce.
Por
tanto:
1) Cristo
es el “Prototipo” universal.30.
2) Cristo
es el “Prototipo” de Adán.
3)
Cristo es el “Prototipo de la adopción
sobrenatural.
3. Causalidad final segunda pero universal
de Cristo
San
Pablo enseña claramente la subordinación y el orden del universo en su Epístola
primera a los Corintios (cap. III, vers. 22-23): “Todo es vuestro, pero
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”.
Expliquemos aún lo expuesto:
Dios es la Suma Bondad, el Total
Bien, fuera del cual no puede existir otro, porque sólo Dios es Bueno y lo es
por esencia.
Ahora bien, en todo ser inteligente
la bondad conocida engendra amor en el cognoscente, pero como en la esencia de
Dios no se distingue el que conoce del
26.
Santo Tomás. S.Th.
I, q. 48, art. 1 ad 5m.
27.
Santo Tomás. S.Th. III, q 56,art.1.
28.
San
Buenaventura, I Sent. d. 27.
29.
Santo Tomás. S.Th.
III, q. 56,art.1,ad 3.
30.
La Tesis Cristocéntrica arroja por la borda toda
clase de evolucionismo.
conocido, el
amor en Dios no puede ser más que esencial, o sea: Dios es amor” = “Deus
cáritas est”.
De
este modo conociéndose Dios a sí mismo como el Sumo Bien, se ama necesariamente
a Sí mismo. Dios se basta a Sí mismo. No necesita absolutamente nada extrínseco
a su esencia porque Él es el Ser Perfectísimo. Pero siendo como es la Suma Bondad
el Sumo Amor y, siendo propiedad del bien y del amor el difundirse, Dios
decreta hacer la creación del universo dentro del cual predestina a las
creaturas racionales a la participación de su bienaventuranza eterna.
Así,
desde toda la eternidad Dios previó la creación del hombre y lo predestinó a la
bienaventuranza sin fin, constituyéndose Él mismo en el objeto del amor de su
creatura, siendo a la vez la causa y el término de ese amor de la creatura, en
Quien ella encontrará la plena y total felicidad en la posesión sempiterna del
Sumo y Total Bien.
Pero
Jesucristo, ¿qué lugar ocupa en las intenciones divinas?
Pues
bien, el Hijo eterno de Dios no sólo es la imagen del Padre, sino también el
Ejemplar de la creación en la Mente del Padre Dios. El Padre lo piensa todo, el
Hijo es lo pensado; el Padre planea, el Hijo es lo planeado. Sólo en el Hijo y
por el Hijo –Principio, Ejemplar y Causa Final- reciben las creaturas la
existencia.
El
Padre crea dejando su huella y vestigio en todo el Universo, pero crea al hombre
dejando en él la imagen y semejanza de Su Hijo: “Formando a Adán, Dios mira y
reproduce los rasgos del hombre a venir, el Verbo Encarnado. El limo expresa,
en efecto, al Verbo predestinado a ser hombre, presente ya en el Pensamiento
divino”31.
Dios
predestina al hombre en Jesucristo. Es por Él que la creatura tiene la
existencia y es por Él que puede alcanzar la gracia de la filiación. Jesucristo
es el Primer Pensamiento del Padre, y a Él sujetó todas las cosas: “todo lo
sujetaste bajo sus pies”32, es decir que “al someter todas las cosas
a Él, nada dejó que no le hubiera sometido”33.
Por
esto dice San Buenaventura que Cristo es el divino ejemplar levantado en medio
de los siglos en cuanto Verbo Increado y en cuanto Verbo Encarnado.34.
En
cuanto Increado porque expresa y representa todo y lo dispone para existir,
porque “el Padre nada hace sin su Verbo”. El Padre crea, conserva y dirige
todas las cosas por el Verbo y en el Verbo35.
En
el Verbo viven las creaturas antes de ser hechas, como la obra “vive” en la
mente del artista antes de ser producida, y así en el mismo decreto de la
predestinación de Jesucristo, es decir, de la Encarnación del Verbo, Dios
predestina al hombre.
Y
que la creación esté orientada a la glorificación de Jesucristo y que Jesucristo
haya sido lo primero en la intención de Dios al pensar la creación, es algo que
atestigua la Revelación. Veamos.
31. Tertuliano, “Contra Marción”, V. 6-7.
32. Salmo CIX
33. Hebreos II, 8
34. Cfr. Apolog. Panpaerum, cap. II, Nro. 12 de San Buenaventura.
35. San Buenaventura, “In
Ioannem”, cap. I, Nro. 10
LA TESIS
CRISTOCÉNTRICA IMPLÍCITAMENTE REVELADA
San
Pablo escribe a los Efesios (I, 3-6): “Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro
Señor Jesucristo, quien en Cristo
nos bendijo con toda bendición espiritual ya
en los cielos, pues desde antes de la fundación del mundo nos escogió en Cristo
y en su amor nos predestinó como hijos suyos por Jesucristo. En Él mismo
conforme a la benevolencia de su voluntad para celebrar la gloria de su gracia
con la cual nos favoreció en el Amado”.
En
este texto es manifiesto:
1.
La Encarnación o predestinación de
Jesucristo.
2.
La filiación divina del hombre por
Jesucristo.
3.
La creación.
Sigamos
adelante con otro texto de San Pablo, esta vez en la epístola a los cristianos
de Colosas (I ,15-17): “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda creación, pues por
Él fueron hechas todas las cosas… todas las cosas fueron creadas por medio de
Él y para Él, y Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en Él”.
Si en
este texto no se habla de la Primacía Absoluta y Universal de Nuestro Señor
Jesucristo…” ¡apaga y vámonos!”
Pero
esto no es todo, todavía hay más.
Por
Cristo “Dios nos hizo conocer el misterio de su voluntad, el cual consiste en
la benevolencia suya, que se había propuesto
realizar en Aquel en la dispensación de la plenitud de los tiempos: reunirlo
todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra. En Él fuimos
elegidos también nosotros para herederos predestinados”36 .
En este
texto también se distinguen con toda claridad tres cosas:
1.
La predestinación de Jesucristo, o sea
la Encarnación.
2.
Jesucristo centro del Universo.37
3.
La predestinación del hombre en
Jesucristo.
Para mayor explicitación
de los textos citados, haremos dos distinciones:
Primera
distinción
“En el principio
el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios”38.
Este Verbo es la
Idea o Pensamiento que el Padre tiene de Sí mismo, y como el Padre es Dios, su
Verbo lo es también: es coeterno, coigual y consubstancial con Él.
Dios,
contemplándose a Sí mismo en su Verbo no sólo se conoce y se ama eternamente
con un amor coeterno, coigual y consubstancial, sino que conoce y ama
eternamente la infinidad de seres posibles que existen en Su Verbo como razones
eternas y que las llamará a la actualidad, o sea a la existencia, cuando por un
acto libre de su voluntad lo disponga, de acuerdo con sus designios eternos.
36.
Efesios I, 9-11
37.
Ver Colosenses I, 19-20
38.
Evangelio de San Juan I, 1
Y, en efecto, aunque la creación no
es eterna, sin embargo, ha sido pensada y querida desde toda la eternidad, y de
la infinidad de seres creables que ve en su Verbo o Pensamiento, sólo llama a
la existencia a los que en su eterno decreto de Su Voluntad ha querido crear, o
sea a los seres que amó eternamente en su Verbo.
Ahora bien, sabemos por San Pablo
que Dios propuso recapitular en Cristo todas las cosas, es decir en el Verbo
Encarnado que sin dejar de ser lo que es, Dios, deviene lo que no es, hombre.
Por tanto, “a fortiori” se ha de
concluir que el primer pensamiento que Dios tuvo de sus operaciones “ad extra”
del Seno Trinitario es Cristo, y en Cristo, por Cristo y para Cristo toda la
creación. Por eso en el mismo decreto de la predestinación de Cristo, Dios
predestinó a los hombres y a toda la creación.
Si Dios no hubiera previsto y
querido la Encarnación tampoco hubiera previsto y querido la Creación, porque
Jesucristo es “el primogénito de toda la creación, pues por El fueron creadas
todas las cosas… por medio de Él y para Él. Él es antes que todas las cosas (en
el pensamiento eterno de Dios) y todas subsisten en Él”39 (como
Verbo Increado y como Verbo Encarnado).
Luego Jesucristo tiene la Primacía
Absoluta, Él es el Principio, el Modelo y el Fin de todo el Universo.
En efecto todo agente inteligente
cuando obra, obra por un fin determinado, pero el fin es lo primero que se
intenta y lo último que se ejecuta. Ahora bien, Dios es sumamente inteligente,
luego obra por un fin. Y si Dios se propuso reunirlo todo en Cristo –como dice
San Pablo- Cristo es el Fin, el porqué, la razón de la existencia del mundo, de
los hombres y de los ángeles.
La creación es lo primero en la
ejecución, por tanto, no fue ni pudo haber sido la primera intención de la Mente
divina, porque de haber sido así hubiera sido un desorden, lo cual es absurdo
pensarlo en Dios. Luego la primera intención que Dios tuvo al hacer la creación
fue otra: la de recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de
la tierra; en consecuencia, éste es el fin, es decir la Encarnación, es decir
lo último en la ejecución y primero –por ende- en la intención divina. De esta
forma Dios constituye a Jesucristo como Causa Ejemplar en la creación de Adán.
Cuando Dios plasmó a Adán pensaba en Jesucristo; y a Moisés le dirá, como está
escrito en el Éxodo, que haga todas las cosas según el modelo que ha visto en
el monte. “Y el modelo es Jesucristo”40.
Así, el Verbo Encarnado es constituído por Dios desde toda la eternidad como modelo, centro y medio. Jesucristo es Rey por naturaleza antes de serlo por otro título, porque todos los otros emanan y se derivan de la unión hipostática. Así, por ejemplo, la caída de Adán hará que Jesucristo adquiera un nuevo título, que, aunque doloroso y sangriento, aumenta su gloria extrínseca: en efecto, la Redención lo hace Rey por conquista.
39.
Col. I, 15-17.
40.
Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica.
De manera que nada escapa al dominio
de su soberana realeza porque “es Señor de señores y Rey de reyes”41.
“Jesucristo, ayer, hoy y siempre”42. “Es el primero”:
a)
“Primero” en el Pensamiento eterno de
Dios que lo constituye en Principio, Modelo y Fin del Universo.
b)
“Primero” por ser “la Cabeza del Cuerpo
de la Iglesia siendo El mismo el principio, el primogénito de entre los
muertos, para que en todo sea Él lo
primero. Pues plugo al Padre hacer habitar en Él toda plenitud…”43.
Segunda distinción
“Antes
de la fundación del mundo nos escogió en Cristo y en su amor nos predestinó
como hijos suyos por Jesucristo…”44.
Este
texto de San Pablo, como está dicho, es una prueba concluyente que la creación
fue pensada y querida por Jesucristo, o sea por la Encarnación, porque los
hombres fuimos “escogidos y predestinados en Cristo” antes que existiera la
creación y que existiera Cristo, pero como fuimos “escogidos y predestinados”
en Él antes que Él existiera, luego Él es antes –en las intenciones divinas-
que cualquier otro ser.
De
modo que Jesucristo, Hijo Unigénito y
Primogénito de Dios, es el Rey y Centro de todo el Universo. Es “el Amado,
el que llena las complacencias del Padre Celestial”45. Es la Causa Final de la elección y
predestinación de los hombres a la real filiación divina y a la gloria
sempiterna.
“Por
bondad del Verbo las creaturas obtienen la dignidad filial de modo que Él es el
Primogénito de toda manera, tanto cuando Él las crea como cuando es introducido
Él mismo en este mundo como Causa de todo”46.
“El
que pueda entender que entienda”: La elección y predestinación ha sido pensada
y querida en Jesucristo y a causa de Él:
“Padre,
la hora es llegada, glorifica a tu Hijo, Para que tu Hijo te glorifique a Ti, conforme al Señorío que le diste sobre todo
el género humano, dando vida eterna a todos los que Tú le has dado.
“Y la vida
eterna es: que te conozcan a Ti, sólo Dios verdadero, y a Jesucristo tu
Enviado.
“Yo te he
glorificado a Ti sobre la tierra dando
acabamiento a la obra que me confiaste para realizar.
“Ahora, Padre,
glorifícame a Mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes que el mundo existiese.
“Yo he
manifestado tu Nombre a los hombres que
me diste del mundo, eran tuyos y Tú
me los diste, y ellos han conservado tu Palabra. Ahora saben que todo lo
que Tú me has dado viene de Ti. Porque las palabras que Tú me diste se las he
dado a ellos, y ellos las han recibido y han conocido realmente que Yo salí de
Ti, y han creído que eres Tú quien me ha enviado. Por ellos ruego, no por el
mundo, sino por los que
41.
Apocalipsis de San Juan, XVII, 14.
42.
Hebreos XIII, 8.
43.
Colosenses, I, 18-19.
44.
Efesios, I, 4-5.
45.
San Mateo, XVII, 5.
46.
San Atanasio, "Contra Arrianos”.
Tú me diste,
porque son tuyos. Pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío y
en ellos he sido glorificado.
“Yo no estoy en el mundo ya, pero
éstos quedan en el mundo mientras que Yo me voy a Ti. Padre Santo, por tu
Nombre, que Tú me diste, guárdalos para que sean uno como somos nosotros.
Mientras Yo estaba con ellos, los guardaba por tu Nombre que Tú me diste, y los
conservé, y ninguno se perdió sino el hijo de la perdición, para que la
Escritura fuese cumplida. Mas ahora voy a Ti, y digo estas cosas estando en el
mundo, para que ellos tengan en sí mismos el gozo cumplido que tengo Yo. Yo les
he dado tu palabra y el mundo les ha cobrado odio, porque ellos ya no son del
mundo, así como yo no soy del mundo.
“No ruego para que los quites del
mundo, sino para que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, así
como Yo no soy del mundo.
“Santifícalos en la verdad: la
verdad es tu palabra. Como Tú me enviaste a Mí al mundo, también Yo los he
enviado al mundo a ellos. Y por ellos me santifico Yo mismo, para que ellos
sean santificados en la verdad…
“Padre, aquéllos que Tú me diste quiero que estén conmigo en donde Yo esté,
para que vean mi gloria, que tú me
diste, porque me amabas antes de la creación del mundo…”47.
Esta oración de Jesucristo es lo que
San Pablo explica en la epístola a los Efesios.
Después de todo lo cual terminamos
sacando cuatro conclusiones:
Primera
conclusión
Según San Juan y
San Pablo la creación fue hecha teniendo como fin la Encarnación.
Segunda
conclusión
Se lee en el
libro del Génesis que el hombre ha sido formado a “imagen y semejanza de Dios”,
y en la Epístola de San Pablo a los Colosenses está escrito que Jesucristo “es
la imagen de Dios invisible y primogénito de toda Creación”; por lo tanto:
1.
Siendo Jesucristo “imagen de Dios” y
siendo el hombre formado según esa imagen; Dios al formar a Adán lo hizo según
la imagen eterna que había en su Mente del Verbo Encarnado.48
2.
Jesucristo es el “Primogénito de toda
creación”, o sea primera Idea o Pensamiento de Dios en sus operaciones “ad
extra” del seno Trinitario, luego el hombre fue hecho según el modelo del Verbo
Encarnado que estaba en la Mente divina.
47. San Juan, XVII, 1-19; 24.
48. Cfr. Efesios,II,10.
3.
Queda manifiesta la intención divina:
toda la creación –incluido el hombre- fue pensada, querida y creada teniendo
como Idea Ejemplar y Causa Final a Jesucristo, el Verbo hecho carne, Alfa y
Omega, Principio y Fin, y, por medio y a causa de Quien, al final de los
siglos, Dios hará nuevas todas las cosas.49
Tercera conclusión
Sabemos
por la Fe que al principio de la creación entró, por la libertad de la
criatura, un elemento que provocó el desorden en la creación entera: la
oposición voluntaria a Dios, el pecado. También sabemos que Dios es la
Sabiduría y la Misericordia por esencia. Y de este modo, por su misericordia
–que consiste en el poder de remediar la miseria- prometió a los hombres un
Salvador que no sería otro que Aquél por Quien, en Quien y para Quien fueron
creadas las cosas y el hombre: Jesucristo.
Y
por su Sabiduría dispuso que sin sufrir menoscabo su Obra Maestra –la
Encarnación-, la Salvación del género humano mediante el misterio de la
Redención, contribuyera a la exaltación y glorificación de Jesucristo,
otorgándole un nuevo título a su Realeza Soberana: el de conquistador.
De
modo que también por la Redención el Verbo hecho carne, Jesucristo, es el único
medio y centro de toda creación.
Todo
está sometido a Él, y por una razón o por otra, absolutamente todo manifiesta
su gloria y majestad soberanas.50
Así,
el pecado, obra exclusiva del hombre, jamás pudo provocar la Encarnación, como
hemos visto anteriormente.
Y
aunque Dios tenía poder sobreabundante para redimir al hombre, sin embargo
quiso que fuera obra de Jesucristo, manifestando así “que es rico en
misericordia por causa del grande amor suyo con que nos amó, cuando estábamos
aún muertos por los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo –de gracia
habéis sido salvados- y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los
cielos en Cristo Jesús, para que en las edades venideras se manifieste la
sobreabundante riqueza de su gracia mediante la bondad que tuvo para nosotros
en Cristo Jesús”.51.
Jesucristo
es siempre el centro de la creación: “Cuando yo sea levantado de la tierra, lo
atraeré todo hacia Mí”52.
Es
el mismo San Juan que, renglón seguido, dice que Jesús dijo esto indicando el
modo por el que habría de morir y, en efecto, Jesús Crucificado, es Rey y
Centro desde la Cruz, es decir que no hay ninguna alteración en el plan divino.
49.
Cfr. Apocalipsis, XXI, 5. Se recomienda leer el pequeño opúsculo de San
Buenaventura: “Reducción de las ciencias a la Teología”, donde se ve que toda
la creación proclama la gloria del Verbo de Dios.
50.
Cfr. Hebreos, II, 9.
51.
Efesios, II, 4-7.
52.
San Juan, XII, 32.
Los
apóstoles han “visto su gloria"53 en la Montaña de la
Transfiguración como en la Resurrección y Ascensión al cielo, de donde volverá
lleno de poder y majestad54 al fin de los tiempos, tal como hubiera
aparecido en la primera venida si no hubiera habido la existencia del pecado:
triunfante y glorioso, pues es “Rey de reyes y Señor de señores”; pero con el
añadido –para confusión de los que no han creído en Él- que lo que fue su
instrumento de dolor y muerte, será entonces el estandarte glorioso de su
triunfo,55 en el que ya desde ahora ostenta su título de “Rey”.
Cuarta conclusión
Así
como Dios formó al hombre según la imagen del Verbo Encarnado y lo reformó
según el Verbo Crucificado, de la misma manera al final de los siglos, cuando
el Hijo someta todas las cosas al Padre, el hombre será transformado según la
imagen del Verbo Glorificado. Así Dios será todo en todos a través de
Jesucristo, el Verbo Encarnado, a Quien sea la alabanza, la gloria, la
sabiduría, la gratitud, el honor, el poder y la fuerza por los siglos de los
siglos. Amén. ¡Aleluya!
Una objeción
Esta
tesis Cristocéntrica, menoscaba la obra de la Redención dado que sostiene que
la Encarnación es lo primero querido por Dios.
Respuesta
La
Redención le concede a Jesucristo más gloria. El hombre, después de la
Crucifixión de Jesucristo, quedó obligado a amarlo con más fuerza, porque no
sólo ha recibido por Él la existencia, sino que ahora recibe todos los frutos
de la Redención.
Jesucristo,
“siendo Dios, se anonadó a Sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a
los hombres”56 tal como los hombres quedaron después de la caída,
pero sin contraer el pecado, es decir, “hecho semejante a los hombres” no por
haber sido el hombre modelo de Dios en la formación de Cristo, sino por haber
asumido la naturaleza humana tal como había quedado por el pecado: debilitada,
sometida a las necesidades, al dolor, y a la muerte; por eso el Verbo Encarnado
no sólo aparece semejante sino hasta más abatido que los hombres.
¿Y
cómo se manifiesta este abatimiento?
“Fueron
cortados de Jesús, la gloria con el cuchillo de la ignominia; el poder con el
cuchillo de la abyección; la impasibilidad con el cuchillo del dolor; la
riqueza con el cuchillo de la pobreza.
53. San Juan, I, 14.
54. Cfr. San Mateo, XXIV, 30.
55. Ib.
56. Filipenses, II, 7.
“Advierte
ahora cuán rebajado fue:
“Aquél
a quien sirve toda la gloria de los cielos, Aquél, mejor dicho, que por Sí solo
constituye la gloria, casi arrojó de Sí la gloria; se ciñe la vestidura de
esclavo, padece deshonras, se viste de confusión para redimir al hombre y
restituirlo a la antigua gloria.
“Aquél
a cuya señal omnipotente se inclinan los cielos, la tierra, el infierno y todos
los seres materiales y sobrenaturales, se abate hasta casi ser tenido por el
“ínfimo de los hombres”, se sujeta al hambre, a la sed, al calor, al frío, a
los dolores y, por último, a la muerte y muerte afrentosa.
“Aquél
que ´habita en una luz inaccesible, en quien desean ver los ángeles´, cuyo olor
así embriaga a los santos, que, olvidados del mundo presente y de sí mismos,
corren tras Él con todo el ímpetu y fervor de sus almas; es blanco de tan
inenarrables dolores, que en realidad vemos cumplido lo que dijo el Profeta:
`los que pasáis por el camino, observad y ved si hay dolor semejante a mi
dolor´.
“Aquél
en `quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia´,
rico de todo, de nadie necesitado, se reduce a tan gran extremo de pobreza, que
dicho por Él mismo, es más pobre aún que las raposas de la tierra y las aves
del cielo, pues aquéllas tienen sus cuevas y éstas sus nidos, ´pero el Hijo del
Hombre no tiene donde reposar su Cabeza´.
“Pobre
en su nacimiento, más pobre en su vida, pobrísimo en la Cruz. Cuando nació tuvo
por alimento la leche de una Virgen, por vestido viles pañales. En vida sí tuvo
vestido, muchas veces careció de alimento. Pero al morir lo hallarás desnudo y
sediento…”57
“Por
eso Dios lo sobreensalzó y le dio un Nombre que está sobre todo nombre,
para que al Nombre de Jesús se doble
toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos y toda lengua
confiese que Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre”58.











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